Navidad en el museo

     Estamos ya con un pie en la navidad, y como buenos madrileños, hoy queremos dedicar el post a todos aquellos que van a pasar estas fechas en la capital. Vamos a tratar hoy de acercaros a las exposiciones que podemos disfrutar durante estos días en los grandes museos, pero más adelante también pensamos en ofreceros otras rutas más alternativas.

     Sin duda el itinerario preferido por el turista está en el llamado Paseo del arte; un recorrido a pie a lo largo del Paseo del Prado en el que nos encontramos con tres de los más importantes museos: Museo Nacional del Prado, Museo Thyssen-Bornemisza y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. La riqueza de sus fondos hace de este paseo el espacio del mundo con mayor densidad de obras de arte.

     Es comienzo obligado saber qué podemos encontrar estos días en el MUSEO NACIONAL DEL PRADO. Ya os hablábamos en post anteriores (aquí) de «Las Ánimas de Bernini. Arte en Roma para la corte española». Una pequeña muestra en número de obras, pero una selección de gran calidad y ocasión única de admirar la obra del maestro Bernini. No deberíamos perder la oportunidad de ir.

     También podemos disfrutar en el Prado de otro artista igualmente excepcional: el pintor Francisco de Goya, con una muestra de carácter mucho más castizo en la exposición «Goya en Madrid». Goya llegaba a Madrid en enero de 1775 para colaborar, bajo la dirección de Anton Raphael Mengs, en el proyecto de los cartones de tapices destinados a los Sitios Reales.

     El artista recibió entonces siete encargos de cartones, en cuyas composiciones reflejó la diversidad del pueblo en escenas llenas de alegría y animadas por las diversiones, los juegos, los niños y las fiestas, pero también de violencia, engaños y tristeza, donde el deseo y la seducción actúan como trasfondo de la vida. Goya consigue una gran variedad de sentimientos por su extraordinaria capacidad para captar la riqueza de los tipos humanos, los diferentes atuendos masculinos y femeninos y la sugerencia de infinitas situaciones.

     En esta exposición se conjugan los cartones de Goya con los de otros artistas y se exhiben pinturas y esculturas que le sirvieron de modelo para sus creaciones llenas de novedades. Unos cartones de tapices, que Goya no concibió como pintura secundaria sino como invención metafórica de la sociedad, encontrando en ellos un camino para creaciones posteriores con las que alcanzaría la fama, como los aguafuertes de los Caprichos.

     Si queremos continuar el paseo, la siguiente parada nos deja en el Museo Thyssen Bornesmiza, que nos presenta dos novedades; por un lado, la primera exposición de España dedicada a la expansión del impresionismo en Estados Unidos, y por otro, la primera exposición que este museo dedica al mundo de la moda, con una muestra de los diseños de Hubert de Givenchy. El impresionismo más desconocido para el gran público y el glamour de la alta costura francesa en un mismo espacio: el MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA.

    La exposición «Impresionismo americano» rastrea a través de sesenta pinturas el modo en que los artistas norteamericanos descubrieron el impresionismo en las décadas de 1880 y 1890 y su desarrollo posterior, en torno a 1900. Comisariada por Katherine Bourguignon, conservadora de la Terra Foundation for American Art y especialista en arte francés y americano de finales del siglo XIX y principios del XX.

     En 1886 la primera gran exposición de arte impresionista francés, organizada por el marchante Durand- Ruel, abrió sus puertas en Nueva York. Aunque artistas como Mary Cassatt y John Singer Sargent llevaran algunos años viviendo y exponiendo en Francia y tuvieran una relación muy estrecha con pintores como Degas o Monet, hubo que esperar hasta esta muestra para que los norteamericanos comenzaran a hacer uso de la nueva pincelada, los colores brillantes y los temas modernos del movimiento francés, y se animaran incluso a viajar a París para ampliar sus conocimientos sobre este fenómeno artístico, que luego adaptarían al gusto norteamericano.

     El primer tramo de la exposición está dedicado a los artistas que viajaron a París y participaron directamente en el movimiento: Mary Cassatt y John Singer Sargent, cuyas obras se exponen en diálogo con pinturas de Cezánne, Renoir, Degas o Monet de la colección Thyssen. Mary Cassatt, tal vez la más representativa, fue invitada a participar en cuatro de las ocho grandes exposiciones impresionistas, las celebradas entre 1879 y 1886. Única representante norteamericana, logró una buena acogida con sus cuadros de mujeres y niños de la clase media-alta que ella, por sus orígenes, conocía a fondo. Amiga de Monet, al que visitó en Giverny, el ansiado templo de los artistas amantes del movimiento.

Mary Cassat, Mujer sentada con niño en brazos, c.1890. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Mary Cassat, Mujer sentada con niño en brazos, c.1890. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

     El recorrido expositivo sigue con un espacio dedicado a los artistas que a finales de 1880 se trasladaban a París para pintar al aire libre en Fontainebleau, Bretaña o Giverny, como Theodore Robinson y John Leslie Breck.

Después el siguiente gran núcleo se ocupa de aquellos artistas que habían visitado Europa, pero que realizan sus cuadros en sus ciudades respectivas asimilando como propios los temas, composiciones y colores del impresionismo. El más conocido es Childe Hassam, quien había estado tres años estudiando y pintando en Francia, entre 1886 y 1889, sin participar en el círculo impresionista, pero fascinado por su manera de trabajar. Esta etapa marcó de manera considerable su técnica. Sus composiciones de esos años, creadas en el estudio, anuncian ya un interés por los efectos de la luz.

Childe Hassam, Pabellón de Horticultura, 1893. Terra Foundation for American Art.

Childe Hassam, Pabellón de Horticultura, 1893. Terra Foundation for American Art.

     La otra figura importante en este grupo es William Merritt Chase, pintor famoso por sus vistas urbanas y sus jardines, considerado esencial para el desarrollo del impresionismo en Norteamérica. De formación artística clásica adquirida en Nueva York y en Múnich, en la década de 1880 se atrevió con colores más claros de los que marcaba el canon, temas modernos y novedosos encuadres. Las obras de esta época, con los parques públicos de Nueva York y Brooklyn como escenarios, supusieron un cambio fundamental en su carrera e influyeron en muchos otros artistas de su entorno.

     ¿Interesante verdad? Pues además si no tienes idea de qué regalar a alguien estas navidades puedes regalarle la experiencia de una visita guiada a esta exposición. Los Laberintos del Arte (pincha aquí) ofrecen visitas guiadas a esta muestra que la conviertes en una experiencia inolvidable. Un regalo original y económico.

     Sin salir del Thyssen también se puede disfrutar de otra retrospectiva, la dedicada al diseñador francés «Hubert de Givenchy»,  la primera muestra de ésta pinacoteca dedicada al mundo de la moda. Para los mitómanos, revelar que parte de esta exposición está dedicada a una de sus musas, la actriz Audrey Hepburn. El recuerdo de Holly Golightly, el personaje en el clásico Desayuno con diamantes, parando a desayunar frente al escaparate de Tiffany, volverá a la memoria de los que visitéis esta exposición.

Hubert de Givenchy, 1961. Vestido para Desayuno con diamantes, de Audrey Hepburn.

Hubert de Givenchy, 1961. Vestido para Desayuno con diamantes, de Audrey Hepburn.

     Para tomar el aire y recrearse en un paisaje todavía otoñal, nada mejor que acercarse al Parque del Retiro, relajarse y disfrutar de un doble regalo; la visita a su PALACIO DE VELÁZQUEZ, una pequeña joya arquitectónica del siglo XIX.

     El Palacio de Velázquez fue construido entre los años 1881 y 1883 con motivo de la celebración de la Exposición Nacional de Minería llevada a cabo en la ciudad entre los meses de mayo y noviembre de 1883. El arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, de quien toma el nombre el palacio, dirigiría el proyecto. Se trata de un edificio inspirado en el Cristal Palace de Londres, cubierto con bóvedas de hierro acompañadas de cristal que permiten iluminar las salas naturalmente. El edificio fue construido en ladrillo de dos tonalidades distintas, y se decoraba con azulejos de la Real Fábrica.

     Si hay tiempo, es una buena ocasión para entrar en el palacio y visitar la muestra que acoge estos días, una antológica que el Museo Reina Sofía dedica al escultor «Luciano Fabro». La muestra es la primera de carácter antológico que se le dedica tras su fallecimiento en 2007. En ella se reúnen más de cincuenta trabajos que nos muestran la audacia, solidez y complejidad de la obra de Fabro. Son principalmente esculturas e instalaciones, obras realizadas en mármol, seda, espejos, cristal de Murano, bronce, latón, pelo de reno, pasta italiana, acetato… y se hace un recorrido por sus más de cuarenta años de creación.

     Una obra que es fundamental para comprender los nuevos caminos que ha explorado la escultura contemporánea. En la Italia de la segunda mitad del siglo XX, emergió una generación de artistas que, influidos por el cuestionamiento de la naturaleza de la obra de arte de Piero Manzoni o por la rupturista concepción de lo espacial de Lucio Fontana, y recurriendo a materiales sencillos y cotidianos, llevaron a cabo una serie de obras que, sin renunciar a una cierta conciencia poética del mundo, eran profundamente críticas con la industrialización y la sociedad de consumo. De esos artistas, agrupados en numerosas exposiciones bajo la denominación de “Arte Povera”, fue Luciano Fabro quien con más énfasis vinculó la emergencia de lo nuevo con una revisión situada en la tradición, con la exploración de las posibilidades y perspectivas creativas que, en un país como Italia, seguían abriendo las ruinas del pasado.

     En la exposición podemos ver desde algunos de sus primeros ejercicios metalingüísticos en torno a la transparencia (Impronta, Mezzo Specchiato e Mezzo Trasparente…), hasta alguna de sus obras más emblemáticas: Piedi, propuesta clave en su reflexión sobre la relación entre escultura y espacio.

     Mezclando la reflexión sobre problemáticas clásicas de la práctica escultórica, como son la tensión entre peso, equilibrio y densidad o la relación entre escultura y arquitectura, Fabro contribuye a expandir y redefinir los límites de la escultura que él siempre concibió como un instrumento de aprehensión crítica del espacio.

Una de las grandes ventajas de la exposición de Luciano Fabro es que es gratuíta, con lo que no arruinará nuestros bolsillos si vamos en familia.

     Si comenzábamos nuestro recorrido en el Museo del Prado, en Italia y en pleno barroco con la escultura de Bernini, finalizaremos con pintura contemporánea y en España, en la sede principal del Reina Sofía, bajando desde el parque del Retiro por la Cuesta de Claudio Moyano, aprovechando quizás el paseo para comprar libros de ocasión en esta calle tan emblemática para los amantes de la literatura.

      En el MUSEO NACIONAL CENTRO DE ARTE REINA SOFÍA recomendamos la primera retrospectiva también que dedicada a la obra de la artista Patricia Gadea (Madrid, 1960 – Palencia 2006), personaje primordial en la renovación de la pintura española de las décadas de los ochenta y noventa. Su pintura surge en un momento de experimentación de las libertades, al amparo de la movida madrileña y de un ambiente de euforia provocado por el cambio democrático. «Atomic-Circus» es el nombre de esta exposición, de una artista que se relaciona con la nueva figuración, y que en su obra se apropia de elementos del cómic, utilizados junto a personajes de la cultura popular y a imágenes que provienen de la publicidad gráfica para, a través de ellos, reflexionar sobre su propia época. Estos elementos son alterados usando en sus obras la técnica del collage para ofrecer una nueva visión crítica de la realidad. En palabras de la propia artista: «Me gusta la sensación del momento, el riesgo de mi historia real, en la que lo complejo pueda llegar a ser muy simple. Ironizar sobre los distintos lenguajes y las imágenes dislocadas».

Patricia Gadea: Patosa, 1993. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia, Madrid.

Patricia Gadea: Patosa, 1993. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia, Madrid.

     Su estancia en Nueva York, en el último lustro de la década de los ochenta, supone un punto de inflexión en su carrera. En esta ciudad, Gadea forma el colectivo Estrujenbank junto al también pintor Juan Ugalde y al poeta Dionisio Cañas. El trabajo dentro del colectivo trajo consigo una mayor politización de su lenguaje, especialmente apreciable en la serie Circo, donde pone de manifiesto, a modo de sátira, el modelo de promoción de la imagen del país en los inicios de los años 90 y el desencanto que dejó tras de sí el proceso democrático. El circo, es una metáfora en la que los logos de partidos políticos y personajes del gobierno caricaturizados, comparten cartel con los payasos, la mujer trapecista y el tigre, figuras a partir de entonces, recurrentes en su iconografía.

     Hasta aquí este pequeño recorrido, que si lo comparamos con todo lo que hay que ver en estos grandes museos, es una mínima representación. Este paseo no es nada si levantamos un poco la vista y somos conscientes de la vasta oferta cultural que ofrece la capital durante todo el año. En próximos post nos intentaremos acercar a esos otros lugares menos frecuentados pero interesantísimos también para un paseo cultural por Madrid. Museos menos frecuentados, galerías y otros lugares de exhibición que a menudo pasan desapercibidos en los medios de comunicación, pero que no dejan indiferente a nadie y merecen también su reconocimiento y un espacio en nuestras agendas. Pero de momento os dejamos estas sugerencias que seguro que os serán útiles si podéis gozar de unos días festivos a cuenta de las Navidades.