Sijena: un largo expolio y una complicada recuperación de su patrimonio

A raíz de las últimas informaciones sobre subastas de bienes procedentes del Monasterio de Sijena (aquí) quisimos entender y saber cómo habíamos llegado a esta situación. La problemática e historia de Sijena nos parecía tan complicada que hemos recurrido a Marisancho Menjón Ruiz, historiadora especializada en el tema y autora del libro “Salvamento y expolio. Las pinturas murales del Monasterio de Sijena en el siglo XX”, para que explicara esta historia sobre la pérdida patrimonial e intento de recuperación de Sijena. En su blog (aquí) podréis profundizar aún más en este asunto, que incluso con resoluciones judiciales favorables al respecto sigue sin llegar al final feliz deseado.

Este post ha sido escrito por Marisancho Menjón Ruiz, @inde

     En los últimos años Sijena ha estado en el ojo del huracán, a raíz de los pleitos presentados en los Tribunales para empezar a recuperar lo que se conserva del amplio y riquísimo patrimonio que tuvo. El Monasterio de Santa María de Sijena, en el corazón de los Monegros de Huesca, fue una fundación real llevada a cabo por doña Sancha de Castilla, esposa de Alfonso II de Aragón, en 1183. Poco después se convertiría en panteón real (allí estuvo enterrado Pedro II de Aragón, la propia reina Sancha, que era su madre, y algunas infantas) y también albergó el Archivo Real antes de su definitiva ubicación en Barcelona. En este cenobio profesaron durante siglos las damas de los principales linajes nobles de Aragón y de los condados catalanes más próximos, especialmente del Pallars y Urgel. Tuvo extensísimos dominios, fue un auténtico señorío feudal medieval con gran poder y, en ocasiones, llegó a ser casi una extensión de la Corte real aragonesa. De ahí que atesorase obras de arte de excepcional riqueza y calidad.

Vista general exterior del Monasterio de Sijena. Foto: Wikimedia Commons.

     Todo ese patrimonio no se perdió con la Desamortización, como ocurrió en tantos otros conventos, sino que fue en su mayor parte destruido durante la Guerra Civil; y el que se pudo conservar se desperdigó tras la marcha de las religiosas a Barcelona en 1970, aunque en su mayor parte fue a parar al museo de esta última ciudad (actual MNAC) y al Diocesano de Lérida.

     La pieza más famosa del conjunto monástico fue su sala capitular, por las pinturas murales que decoraban sus muros y los cinco arcos diafragma que sostenían la techumbre de madera, esta última, asimismo, obra excepcional de carpintería de raigambre islámica, policromada y dorada, con tallas de gran maestría. Las pinturas murales se conservaban casi íntegras (se habían perdido únicamente fragmentos de la parte baja de los muros, debido a la humedad) y formaban un ciclo iconográfico completo, que desarrollaba pasajes del Antiguo Testamento en los arcos y del Nuevo Testamento en los muros, así como una serie de genealogías de Cristo en los intradoses de las arquerías. Eran tan extraordinarias que hasta bien entrado el siglo XX fueron consideradas góticas, pues no parecía creíble que unas composiciones tan realistas, con figuras que tenían volumen y expresividad, con un colorido tan rico en matices, correspondieran al románico. Pero eran románicas: pertenecen al llamado “estilo 1200” y constituyeron la obra maestra absoluta de ese periodo en Europa.

     Fueron incendiadas, trágicamente, a comienzos de agosto de 1936. El arquitecto Josep María Gudiol Ricart, que las había fotografiado en detalle pocos meses antes, acudió a Sijena cuando tuvo noticia de lo ocurrido y determinó su arranque para tratar de conservar los fragmentos calcinados que todavía quedaban. Consiguió que el secretario del consejero de Cultura de la Generalitat republicana le consignase 4.000 pesetas para realizar la operación y en octubre volvió al monasterio con dos compañeros suyos que se encargaron de llevarla a cabo. A mediados de noviembre los trabajos habían concluido y las pinturas, pasadas a un soporte de tela, hicieron el viaje a Barcelona, donde empezaron a ser restauradas en el taller de los Gudiol.

Fotografía del Monasterio de Sijena durante los trabajos de arrancado de las pinturas. Foto: Instituto Amatller.

     Fue una operación de salvamento, como se hicieron tantas otras en los años de la guerra, especialmente en sus primeros meses. Grupos de voluntarios o profesionales adscritos a los servicios de Cultura de la Generalitat o del Tesoro Artístico de la España republicana pusieron a salvo miles de obras de arte, preservándolas de los saqueos o incendios de primera hora o de los bombardeos indiscriminados de la guerra. También hubo, por supuesto, incautaciones y robos, pero eso no debe hacer olvidar la tarea honrosa de quienes se dedicaron, a menudo jugándose la vida, a salvaguardar nuestro patrimonio artístico. Avanzada la contienda, el gobierno de Franco también puso en marcha un Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional (SDPAN) que fue localizando los depósitos de obras de arte reunidos por los republicanos conforme los frentes bélicos avanzaban.

     El patrimonio que se pudo salvar fue devuelto al finalizar la guerra. A lo largo de varios años, las piezas que habían sido desplazadas y recogidas volvieron a sus lugares de origen, en su inmensa mayor parte. Las pinturas de Sijena no volvieron. Aún no han vuelto. Localizadas en la casa Amatller de Barcelona, a medio restaurar aún, fueron depositadas por el SDPAN en el entonces Museo de Arte de la ciudad (hoy MNAC), de manera provisional mientras se atendía a la restauración del monasterio, que, como Monumento Nacional declarado en 1923, debía ser una de las prioridades de la actuación del gobierno. El problema es que nunca fue restaurado. Las autoridades franquistas se desentendieron de él. Y, pese a que hubo reclamaciones para la devolución de las pinturas por parte de las instituciones aragonesas ya desde 1939 (repetidas, insistentes hasta los años 60), y de que la Dirección General de Bellas Artes ordenó por dos veces su restitución, las órdenes nunca se cumplieron y el conjunto pictórico se quedó en Barcelona.

Reconstrucción de parte de las pinturas de Sijena en el MNAC.

     La restauración de las pinturas se completó en 1949, tras una reanudación de los trabajos a instancias de Zaragoza en 1943, que sólo pudo iniciarse. Fue costeada por el Ayuntamiento de Barcelona, pese a que no se contaba con permiso oficial para intervenir en ellas. Montadas en el actual MNAC desde 1949, permanecieron sin ser expuestas hasta 1961, en que por primera vez se presentaron al público con ocasión de una gran exposición internacional de arte románico. Para entonces se había llevado a cabo otra operación de arranque de pinturas en el monasterio, efectuada igualmente sin permiso oficial, en el año 1960. Se sacaron entonces del cenobio monegrino los restos que aún quedaban de la sala capitular (fragmentos de las composiciones del muro sur y un arco de comunicación con el claustro, que estaba tapiado y que por ello conservó algo de su color original); las pinturas del refectorio, del siglo XVI; parte de las del ábside, de mediados del XIII; y un soberbio conjunto de pinturas profanas conservado en una sala baja del palacio prioral. Estas últimas también se expusieron en 1961 en Barcelona, aunque durante varias décadas fueron catalogadas como catalanas, pues se presentaron como procedentes “de un castillo arruinado cercano a Lérida”. Hoy están correctamente identificadas.

Fragmento de las pinturas profanas procedentes de Sijena.

     Las monjas de Sijena nunca formalizaron ninguna clase de depósito para todas esas pinturas. Hace unos años se reclamaron por el Ayuntamiento de Villanueva de Sijena y el Gobierno de Aragón, con poderes para ello de la única comunidad sanjuanista femenina que hoy pervive en España, que es la de Salinas de Añana (Álava). El MNAC hizo caso omiso de esa reclamación, por lo que en 2013 se acudió a los tribunales, que sentenciaron a favor de Aragón. Así, pues, las pinturas deben volver a su lugar de origen. Para ello, no obstante, la parte del monasterio que debe acogerlas debe estar perfectamente restaurada y ofrecer las máximas garantías de seguridad para su conservación.

     Como resultado de esa sentencia, las pinturas profanas, hoy expuestas en el MNAC en un lugar inverosímil y absolutamente absurdo no ya para los criterios básicos de la museología, sino para el mínimo sentido común (se encuentran colgadas del techo a considerable altura, por lo que no pueden ser apenas vistas, e incluso es difícil su simple localización; de hecho, hay que servirse de prismáticos o de un teleobjetivo para poder contemplarlas), deben volver también.

Ubicación en el MNAC de las pinturas profanas de Sijena.

     En cuanto a su patrimonio mueble, algunas piezas del mismo fueron vendidas a partir de mediados del siglo XIX, pues tras la Desamortización la comunidad monástica tenía serias dificultades para sobrevivir. Hay que aclarar que Sijena estaba incluida en el territorio de la antigua diócesis de Lérida pero no dependió de ella hasta 1873: el monasterio tenía un estatus jurídico especial por el que la comunidad de monjas era propietaria de su patrimonio, al margen absolutamente del obispado; de hecho, defendió siempre, fieramente, su independencia. Llegaron a estar en determinados periodos excomulgadas por el obispo leridano, por esta causa. Lo que jamás torció su voluntad ni su carácter soberano.

     Las monjas vendieron algunas piezas muy valiosas antes de 1923, entre ellas varias tablas de su retablo mayor, renacentista, extraordinario, que había sido desmontado en el siglo XVIII al ser sustituido por otro de estilo barroco, y que hoy están conservadas en el Museo de Huesca. También vendieron a la Junta de Museos de Barcelona el retablo de la Virgen de los Desamparados o de la Virgen de Sijena, en 1918, pieza gótica excepcional que hoy se exhibe en el MNAC. O la silla prioral de Doña Blanca, abadesa de Sijena, hija del rey Jaime II de Aragón, que pasó al Museo Diocesano de Lérida a comienzos del siglo XX. Y también un arca funeraria gótica, de madera pintada y policromada, verdaderamente singular, que en 1922 ingresó en el Museo de Zaragoza. Pero en 1923, a instancias de la Comisión Provincial de Monumentos de Huesca, el monasterio fue declarado Monumento Nacional, y por tanto su patrimonio quedó protegido por ley. Las ventas se frenaron.

Retablo de la Virgen del Comendador. Barcelona, Museo Nacional de Arte de Cataluña.

     La Junta de Museos de Barcelona había intentado comprar más piezas, entre ellas las pinturas de la sala capitular en 1921; pero las monjas se negaron y, con la declaración de 1923, los intentos de compra no se volvieron a producir. Para hacer cualquier venta, desde entonces, era necesario no solo contar con autorización eclesiástica, sino también del Ministerio correspondiente que se ocupara de velar por el patrimonio artístico. Únicamente se tiene noticia, desde entonces, de la venta de un pequeño grupo de piezas efectuada en 1927, aunque no hay constancia de que hubiera permiso legal para hacerla: se trata de un cuadrito de “Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes” que conserva el Museo de Zaragoza, y de una arqueta de madera y marfil que se expone en el Museo Marés de Barcelona.

Arqueta de Sijena. Barcelona, Museo Frederic Marès.

     Al producirse el incendio del monasterio en el 36, parte del patrimonio mueble y del archivo fue puesto a salvo por el comité revolucionario local y por las gentes del pueblo de Villanueva de Sijena. Esas piezas pasaron a Lérida casi en su totalidad, aunque una parte del archivo se llevó a Barcelona. Cuando las monjas volvieron a Sijena, en 1945, reclamaron al obispo leridano la devolución de aquel patrimonio, que sólo volvió en parte. La comunidad vivió durante décadas entre las ruinas, mientras el Estado franquista se desentendía de la restauración del conjunto (solo dedicó escasas partidas en los años 50 para restaurar la iglesia y una pequeña parte del claustro, mientras que la sala capitular seguía sin recibir siquiera un techado). A finales de 1969, con motivo de unas obras de rehabilitación de la hospedería del monasterio, que era donde ellas vivían, las monjas se trasladaron temporalmente a Barcelona. Aquella marcha, sin embargo, se convertiría en definitiva, pues la priora murió pocos años después.

     Las monjas se llevaron consigo las joyas y la orfebrería más valiosa, esto es, la parte que podían transportar por su pequeño tamaño. Las piezas grandes fueron trasladadas, sin el necesario permiso de la Administración, al obispado de Lérida y al MNAC. La priora de Sijena depositó las joyas y la orfebrería en el MNAC en 1972, con el propósito de salvaguardarlas de cualquier peligro. Pero murió dos años después; y la priora del convento en el que se habían alojado, que era el sanjuanista de Valldoreix, levantó aquel depósito y las piezas se dispersaron, posiblemente vendidas a distintos coleccionistas.

Cruces de oro y pedrería del deposito levantado por la priora de Valldoreix.

     Las obras de arte mueble permanecieron en depósito en los museos de Lérida y Barcelona hasta 1983, 1992 y 1994, en que, en tres ventas sucesivas, fueron adquiridas por la Generalitat (las dos primeras) y por el MNAC (la última). Pero fueron ventas hechas sin dar notificación a la administración: ni a la estatal en 1983, cuando Aragón todavía no tenía competencias en patrimonio, ni al Gobierno de Aragón las dos siguientes, cuando sí las tenía ya. Los permisos eclesiásticos concedidos para esas operaciones son confusos, pues se dan para vender patrimonio de Valldoreix, no de Sijena; y la priora de Valldoreix, que es quien efectúa las ventas, afirma que tiene derecho a hacerlo porque su comunidad se había fusionado con la de Sijena, cuando no era cierto.

     Todas esas circunstancias se tuvieron en cuenta a la hora de reclamar ese patrimonio por la parte aragonesa ante los tribunales. En un primer momento, cuando se tuvo noticia de que aquellas ventas se habían producido, el Gobierno de Aragón quiso ejercer derecho de retracto (tener prioridad a la hora de adquirir patrimonio artístico cuando sale a la venta), pero la Generalitat impugnó aquel derecho ante el Constitucional; este tribunal tardó 14 años en dictar sentencia (es la causa que más tiempo ha pasado sin ser resuelta en su historia) y finalmente, cuando lo hizo, negó este derecho a la parte aragonesa. Pero no se pronunció sobre la legalidad de las ventas pues no puede hacerlo, ya que a este tribunal solo le compete, como es obvio, juzgar sobre cuestiones constitucionales. Por eso se acudió, como sugería la propia sentencia, a los tribunales ordinarios. El juicio se inició en 2012 y la sentencia, de 2015, también fue favorable a la parte aragonesa.

     Las piezas reclamadas eran, en total, 97. De ellas, solo 7 han sido expuestas, en Lérida. El resto ha permanecido durante todo este tiempo en los almacenes de los museos, sin ver la luz jamás ni ser estudiadas. Han sido, simplemente, conservadas. No tiene sentido negarse a devolverlas, pero es lo que ha ocurrido. Las 53 que estaban en las reservas del museo de Barcelona fueron devueltas en julio de 2016 y se conservan en Sijena, pudiendo ser visitadas. Perdón: no fueron 53 sino 51, ya que el MNAC ha perdido las dos que faltan. Lejos de disculparse por ello, el director del museo, Pepe Serra, declaró en la prensa que “eran dos tapetes de ganchillo” (lo que no es cierto) y que “lo raro era que no se hubieran perdido más cosas” dado el escaso valor y tamaño de algunas piezas, por lo que incluso llegaba a espetar a los aragoneses que habían de agradecer, sin más, que el museo las hubiera guardado durante ese tiempo.

     También falta otra pieza más por devolver, ésta de muchísimo valor y excepcionalidad: se trata de un relicario de la ‘Tunica Christi’, datado en el siglo XV, que fue robado del MNAC en 1991, sin que hasta la fecha se haya dado con su paradero. Un caso mal investigado y que incluso tardó más de un año en ser dado a conocer.

Relicario de la “Tunica Christi” desaparecido del MNAC en 1991.

     Las piezas que conserva el Museo Diocesano de Lérida no han vuelto, en franca rebelión ante los dictados de la Justicia, sin que hasta la fecha haya ocurrido nada. Se habla de que la devolución “chocaría con la legislación catalana”, pues están catalogadas como patrimonio catalán. Y de que las reclamaciones aragonesas para su devolución se sustentan en una mera cuestión de anticatalanismo, pues no se han reclamado otras piezas de Sijena que están en otros museos que no son catalanes. Ante esto, cabe responder, como ya se ha hecho, que las reclamaciones se han iniciado por donde, con dos procesos judiciales, más piezas se podían recuperar; que la mayor parte, la inmensa mayor parte, del patrimonio de Sijena se encuentra en Lérida y Barcelona; que las piezas que están en otros museos fuera de Cataluña se pueden contar con los dedos de una mano, y que nadie ha dicho que no se vayan a reclamar en el futuro; y que resulta insultante que una reclamación que pretende devolver a su lugar original un patrimonio, en su mayoría jamás expuesto ni valorado, sea calificada en términos tan bastos, que rehuyen cualquier argumentación racional y también las sentencias judiciales.

Pinturas de Sijena tal y como se exhiben en el MNAC de Barcelona.

     Sijena tiene ocho siglos de historia. Cuidó su patrimonio como en pocos lugares de nuestra tierra se ha hecho. Ha pasado su particular calvario durante ochenta años, en el siglo XX: muy poco tiempo en términos relativos. Sólo ha sido atendido a partir de que Aragón obtuviera competencias autonómicas para gestionar su patrimonio, pues las restauraciones parciales que hasta ahora se han hecho lo han sido por el gobierno aragonés. Y en la actualidad existe un empeño claro por revertir esa decadencia y devolver a este monasterio la dignidad que nunca debió haber perdido, y que perdió por la locura de una guerra y la desatención del Estado. Se están dando pasos adelante en ese sentido, por parte de una autonomía que no “pinta” mucho en el panorama de poder actualmente en nuestro país ni cuenta con grandes presupuestos para atender a un patrimonio afortunadamente rico pero necesitado de muchos recursos. Es una lucha digna, justa, encomiable. Y va a seguir adelante, pese a todas las dificultades. Sijena va a revivir.

Sala Capitular del Monasterio de Sijena en la actualidad.