El destino hispánico de la colección artística de la reina Cristina de Suecia

     La reina Cristina de Suecia, a la que dedicamos un post sobre sus retratos y su vida aquí, fue una de las mujeres más instruidas y con mayor personalidad de su época. Reinó en su país entre 1632 y 1654, abdicando al trono para convertirse al catolicismo y refugiandose en Roma en 1655. Poseyó una importante colección artística, que en buena parte, por azar del destino, terminó en nuestro país y de la cual podemos disfrutar en la actualidad al estar conservada entre los fondos del Museo Nacional del Prado y de Patrimonio Nacional.

David Beck: La Reina Cristina de Suecia. Sinebrichoff Art Museum.

     Ya en su juventud Cristina de Suecia comenzó a coleccionar objetos, principalmente  libros, manuscritos e instrumentos científicos. De hecho, en 1653, cuando ya tenía planes de abdicar y marcharse de Suecia, ordenó hacer una lista de unos 6000 libros y manuscritos y los envió a Amberes junto a algunas de las valiosas pinturas, esculturas y tapices, que a la caída de Praga formaron parte del botín de los suecos. Unos meses más tarde, en febrero de 1654, anunció al Consejo su plan de abdicar  en su sobrino Carlos Gustavo y pocos días más tarde dejaba el país y se instalaba en Amberes. A partir de ese momento la reina suscitará un gran interés en nuestro país, lo que es patente a través de los Avisos de Jerónimo de Barrionuevo:

“Llegó la Reina de Suecia á Amberes, vestida de hombre, á caballo, con gran séquito de los suyos… S.M. [Felipe IV] le envía ahora 30 caballos hermosísimos y ricamente aderezados, muchas cosas ricas de la India, y la Reina muchas cosas de olor”.

Avisos de Barrionuevo, 9 de septiembre de 1654.

     Los rumores hipotetizaban con la posible venida de la soberana a España y es por ello Felipe IV se dedicará a agasajarla, como con el envío de los treinta caballos a los que Barrionuevo hace referencia. Aunque Cristina nunca se instalará en nuestro país lo cierto es que entre 1655 y 1656 ambos monarcas se intercambiará varios regalos, recibiendo Felipe IV algunos de los cuadros de la colección de la soberana. Así el 8 de enero de 1656 Barrionuevo publicaba

“Al rey ha enviado [Cristina de Suecia] su retrato: está armada, de medio cuerpo arriba, gallardísimo el talle, hermosa cara, ojos vivos y rasgados, y con tal severidad, que dice bien lo que es”.

Avisos de Barrionuevo, 8 de enero de 1656.

     Ningún cuadro con esas características ha llegado a nuestros días, pero si se conservan dos efigies de la soberana que pertenecieron a las colecciones reales. Sabemos que como agradecimiento por el envío por parte de Felipe IV de los treinta caballos a los que Barrionuevo hacía referencia, Cristina de Suecia le mandó al monarca un cuadro suyo montando a caballo, obra que se conserva en la actualidad en el Museo Nacional del Prado, y posteriormente le debió enviar el de medio cuerpo que también guarda el Prado, ambos pintados por Sebastian Bourdon.

     El envío de estas dos obras no fue el presente más rico que la soberana ofreció a Felipe IV, ya que en 1657 mandó a Madrid el Adán y Eva de Alberto Durero, obras que habían formado parte de las colecciones de Rodolfo II y que fueron parte del botín sueco tras la caída de Praga. Tal fue el agrado con el que nuestro rey recibió el presente que en un principio las tablas fueron colocadas en el Salón Dorado para posteriormente ser llevadas a las Bóvedas del Tiziano. El deseo de Cristina de Suecia era centrar su colección en pintura y escultura italiana y por ello no le importó deshacerse de alguna obras que utilizó sabiamante como regalos diplomáticos.

     En 1659, la soberana establecía su residencia en el Palacio Riario, diseñado por Bramante y muy próximo al Vaticano. Será entonces cuando empezará a coleccionar a gran escala, sobre todo a partir de 1661, cuando recibe una importante cantidad de dinero del Gobierno de Suecia. La reina decorará entonces las paredes de su residencia con tapices de Giovanni Francesco Grimaldi y pinturas, principalmente de la Escuela veneciana y del Renacimiento, como la Venus con cupido y un laudista de Tiziano o la serie de cinco lienzos sobre Venus de Veronés que pertenecieron al emperador Rodolfo II.  En su colección incluirá pocas obras de caracter religioso pero por el contrario abundarán las de tema mitológico.

Diacinto María Marmi: Sala de audiencias y alcoba de Cristina de Suecia en el Palazzo Riario. Lápiz, pluma y tinta/papel. Florencia, Biblioteca Nazionale Centrale [II. I. 380, c.135].

     Sin embargo, si algo caracterizará a la colección artística creada por la reina Cristina de Suecia será el gran número de esculturas que reunirá. Sabemos por un inventario del Archivo Nacional de París que a su muerte poseía unas ciento veinte esculturas de mármol, expuestas en su palacio de forma temática en las diez salas del parterre. Éstas se disponían entre columnas de mármoles de colores y sobre pedestales con decoraciones de alabastro y de relieves antiguos. De las ciento veinte obras que poseyó casi setenta eran de época romana, algunas pertenecientes a la desmembrada colección de escultura clásica del emperador Rodolfo II y otras adquiridas en Roma, como la serie de ocho Musas que se conservan en el Museo del Prado, y el resto eran bustos contemporáneos.

Giulio Cartari: La reina Cristina de Suecia, 1682. Mármol, PN. Palacio Real de la Granja de San Ildefonso [inv. 10027284].

     Tras su la muerte de la reina en 1689 su colección pasó de forma integra a su único heredero, el cardenal Azzolino, quien fallecía poco después y quien dejó su herencia a su sobrino Pompeyo Azzolino, un noble arruinado que pronto ofreció la colección a la venta. La mayor parte de ésta será adquirida por el duque de Bracciano, Livio Odescalchi, sobrino del papa Inocencio IX, a cuya muerte en 1713 se dispersará definitivamente. Su heredero, Baltasare Odescalchi, dividirá la colección en diversos lotes para su mejor venta: pinturas, libros, esculturas, etc., siendo la parte correspondiente a “esculturas, urnas, relieves y otras piezas de arqueología en piedra”, adquirida por Felipe V en 1724, por 50.000 escudos, para decorar el Palacio de la Granja de San Ildefonso.

Jacob-Ferdinand Voet: El cardenal Decio Azzolino, ca. 1670. Óleo/lienzo. Berlín, Staatliche Museen zu Berlin, Gemäldegalerie [inv. nº. 413].

     Las piezas desembarcaron en 1725 en el puerto de Alicante, vía Civitavecchia y Génova, en ciento se­tenta y dos cajas, entre las que también se contaban pedestales y columnas, y poco después llegaban a La Granja de San Ildefonso. Allí fueron restauradas por el artista florentino Gaspare Petri e instaladas en 1746 en las doce salas del parterre y en el llamado trascuarto del palacio. En ese emplazamiento estarán hasta que, tras la creación del Real Museo de Pintura y Escultura del paseo del Prado de Madrid, sean llevadas casi en su totalidad allí y restauradas por el escultor Valeriano Salvatierra. Con posterioridad las esculturas fueron ubicadas de manera decorativa en la planta baja del Museo, rodeadas de pinturas y de las más exquisitas piezas de las colecciones reales españolas. Así la colección de Cristina de Suecia, la Minerva del siglo XVII, permanece arropada por las artes, al igual que su busto aparecía en el cuadro que David Klöcker le dedicó tras su muerte en 1691.

David Klöcker Ehrenstrahl: Busto de Cristina como Minerva y figuras alegóricas de la Escultura, la Poesía y la Pintura, ca. 1691. Óleo/lienzo. Estocolmo, The National Museum of Fine Arts [NM950].