Los Villancicos no sólo eran para la Navidad…

     En la España de la Edad Moderna la música siempre estuvo muy unida a todo tipo de celebraciones, ya fueran profanas o religiosas. Entre las profanas, encontramos a la música en coronaciones, entradas de reyes y reinas, y en cualquier espectáculo cortesano. En lo tocante a lo religioso, la música estará presente lo mismo en lo más cotidiano que en los días y momentos más solemnes.

Cosimo Gamberucci: Entrada de Felipe II en Lisboa. Florencia, Depósitos de las Galerías.

Francesco Battaglioli: Fernando VI y Bárbara de Branganza en los jardines de Aranjuez. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     A pesar de la abundancia de referencias musicales, éstas suelen ser poco explícitas, probablemente porque la cotidianeidad del hecho permitía obviar mayores explicaciones. Así en la noticia de un elogio a S. Francisco de Borja, celebrado en S. Felipe en 1625 se dice: “Los padres Agustinos mostraron su devoción levantando un curioso y rico altar sobre las gradas de san Felipe, dedicado al Santo Padre Francisco de Borja, y la música desta casa tan conocida por excelente, cantó todo el tiempo que duró en passar la procession letras, y villancicos al Santo”.

Manuel Cabral y Aguado: La procesión del Corpus en Sevilla, detalle. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     La música destinada a las celebraciones religiosas era la gran música, por estar señalada al fin más alto posible, que era el loar a Dios. A ella dedicarán su vida los mejores compositores y más hábiles instrumentistas, que formarán parte de las capillas de música, tanto catedralicias como conventuales, parroquiales y cortesanas. La misión de las capillas catedralicias era la de interpretar música litúrgica; su repertorio era estrictamente religioso, y lo más “alejado” de esto (por su procedencia profana) eran las canciones, romances o villancicos dedicados al nacimiento de Cristo, al Corpus, o a festividades similares. Las capillas cortesanas, en cambio, tenían una doble misión: tocaban música litúrgica para los oratorios de los palacios, y música profana para las fiestas. Una de las ocupaciones fundamentales de las capillas de música, encomendada al maestro, era crear las composiciones destinadas a la exaltación del principal dogma del catolicismo, el del Santísimo Sacramento. Para ello se compondrán principalmente motetes y villancicos, siendo estos últimos los que terminarán predominando por su mayor aceptación popular.

     Aunque ahora lo tengamos estrictamente circunscrito a la Navidad, lo cierto es que el villancico nació como forma musical netamente popular, unida a las representaciones teatrales paralitúrgicas medievales. Entre finales del S.XV y principios del S.XVI, en España el villancico comenzará a formar parte de la liturgia cristiana, al ser introducido en sustitución de los responsorios en latín en los maitines de Navidad. Esto ocurre de la mano del primer arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera, quien “en lugar de responsos hacía cantar algunas coplas devotísimas, correspondientes a las lecciones del oficio de maitines. De esta manera, atraía el santo varón a la gente a los maitines como a la misa. Otras veces hacía hacer algunas devotas representaciones, tan devotas que eran más duros que piedras los que no echaban lágrimas de devoción”.

Villancicos que se han de cantar en la Santa Iglesia única Magistral de España, … de San Justo y Pastor de esta ciudad de Alcalá de Henares, la Noche del Nacimiento de Nuestro Redentor Jesu-Christo, este año de 1800 / puestos en música por D. Vicente Sancho de Molina, Maestro de Capilla de dicha Santa Iglesia. Madrid, Biblioteca Histórica.

     El maestro de capilla debía ocuparse de componer la música para las diversas celebraciones: “que el dicho maestro de capilla sea obligado a hacer música para las fiestas de Navidad y Corpus Christi y otras fiestas que el cabildo mandare”. En esta música, obviamente, quedan incluidos los villancicos. Los maestros de capilla se enfrentaban al desafío de tener que componer un número elevadísimo de villancicos al cabo del año, ya que, a diferencia de las composiciones en latín, las que se hacían en lengua vulgar no podían ser reutilizadas. Sin embargo, hay constancia de intercambios de villancicos entre maestros de diferentes capillas españolas, y de hecho algunas piezas gozaron de gran popularidad, encontrándose copias de ellas en multitud de archivos catedralicios, incluso del Nuevo Mundo.

     En las fiestas de Navidad y Corpus, en las que se requería un mayor número de villancicos que en otras ocasiones, el cabildo solía premiar “ora en metálico, ora en especie, como trigo, cebada para la mula, o bien con gallinas, el buen comportamiento de su maestro de capilla”, que se veía obligado a realizar un gran esfuerzo para componer todas las piezas necesarias. La necesidad de renovar el repertorio, la cantidad de piezas necesaria para ello, y la premura con que se componían a veces las obras, podían en ocasiones hacer que la calidad se resintiera, cosa que ocurría mucho más raramente en las composiciones en latín, las cuales suelen mantener un nivel más alto debido a que no requerían ser renovadas constantemente.

     Aunque en un principio el uso litúrgico del villancico se limitaba a la Navidad, en algún momento, rondando las postrimerías del S.XVI, su uso se extendió a la festividad del Corpus, y luego también al resto de días señalados del calendario litúrgico. Esto ocurre a partir del S.XVII, pero en cualquier caso los villancicos para la Navidad y el Corpus seguirán siendo los más destacados.

     Con toda probabilidad, los villancicos se ejecutaron con acompañamiento musical desde el mismo S.XVI, aunque no conservamos apenas las partes de instrumentación entre las pocas obras de este siglo que nos han llegado. Sí es seguro que a partir del S.XVII hay acompañamiento musical. “Cada iglesia utilizaba todos los instrumentos de que disponía, y algunos otros que alquilaban, cuyo número dependía de las posibilidades económicas de la iglesia donde se cantaban [los villancicos]”.

Matias Moreno Gonzalez: Ensayo al órgano. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     El villancico, como composición poético-musical, consta de tres partes o períodos, más o menos cortos o largos, según el estilo y la época: estribillo – copla – estribillo. Admite variaciones en el número de versos tanto del estribillo como de las coplas.

     Desde principios del S.XVII se hará diferenciación entre villancico y tono humano (también llamado simplemente “tono”, o “folía”); ambos tendrán la misma forma, estribando la diferencia en el texto, siempre religioso en el villancico, y de tema profano en el tono humano. Ya en el S.XVIII la evolución de las prácticas musicales harán que se introduzcan en los villancicos formas procedentes de Italia.

Jan Brueghel, el viejo: Boda Campestre. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     Siempre con la intención de hacer más cercanos a los fieles los contenidos de los villancicos, se llega en ocasiones a imitar, o más bien a parodiar, en sus letras, el habla de vascos, gallegos, etíopes, indígenas americanos, etc., provocando las risas de la concurrencia y escandalizando a algunos. Contra esta práctica levanta su voz el sínodo Oriolano (1600), que quiso prohibir “las cantinelas vulgares y ridículas, escritas en lengua etiópica y bárbara”. Sin que ello impidiera que cada vez la popularidad del villancico en todo tipo de festejos fuera cada vez mayor.