La paradoja en los retratos de Carlos II

     El 1 de noviembre de 1661 fallecía el heredero al trono hispánico, el príncipe Felipe Próspero, que en aquel momento contaba con casi cuatro años de edad. Sin embargo, la noticia de su fallecimiento no fue tan devastadora para la casa de Habsburgo debido a que tan sólo cinco días después, el 6 de noviembre, nacía Carlos II. Mariana de Austria daba a luz así a su sexto hijo en un momento en que la salud de Felipe IV ya no auguraba que fuera posible que pudiera dejar de nuevo embarazada a la soberana. El nacimiento de un nuevo varón que pudiera perpetuar por tanto la monarquía española era la mejor de las noticias posibles en aquel momento.

Diego Velázquez: Retrato de Felipe Próspero. Viena, Kunsthistorisches Museum.

     Sin embargo, pronto empezaron a surgir noticias sobre la débil salud del heredero. Noticias que la Gaceta intentó desmentir afirmando que el príncipe era: “hermosísimo de facciones, cabeza grande, pelo negro y algo abultado de carnes”. El retrato atribuído a Juan Bautista Martínez del Mazo, perteneciente a la Colección Stirling Maxwell, supuestamente muestra al príncipe recien nacido y con ese aspecto saludable que propagaba la Gaceta de Madrid a los cuatro vientos.

Juan Bautista Martínez del Mazo, atribuido a: Retrato de Carlos II recien nacido. Pollock House, Glasgow.

     En la Villa de Madrid, no obstante, corrían otros rumores en los que se ponía en cuestión la fortaleza y la salud declarada del futuro soberano. Los embajadores extranjeros en Madrid recibieron ordenes para conocer con exactitud la salud del niño e incluso se pedía que se cercioraran del sexo, cuestión que también era puesta en duda. Ante la presión cada vez más grande de los emisarios extranjeros Felipe IV accedió a que éstos pudieran visitar al recien nacido. El enviado francés informaba así a Luis XIV tras la visita:

“el príncipe parece ser extremadamente débil… La cabeza está enteramente cubierta de costras. Desde hace dos o tres semanas se ha formado debajo del oído derecho una especie de canal o desagüe que supura. No pudiemos ver esto, pero nos hemos enterado por otros conductos…”.

     Asi pues la visita de los embajadores no consiguió apagar los rumores, pero desde el Alcázar se empezó a poner en marcha un plan de propaganda para ocultar la enfermedad y debilidad del heredero que incluyó como una de sus principales herramientas el arte. Así la realización del retrato que hemos mostrado anteriormente estaría dentro de ese juego de las apariencias que se empezará a dar en la representación del heredero.

     Felipe IV fallecerá en 1665 y no conseguirá ver dar a su hijo ni los primeros pasos. A sus cuatro años de edad Carlos II era incapaz de poder mantenerse en pie sobre sus frágiles piernas. No obstante, tras la muerte de su progenitor él era el nuevo soberano, aunque su madre Mariana de Austría, ocupaba la regencia mientras que su hijo no fuese mayor de edad. La debilidad de su cuerpo era tal que para poder moverse por el Alcázar de Madrid sin tener que caminar lo hacia en una pequeña carroza. Ésta, junto al pequeño Carlos II vestido de luto, aparece representada, en un segundo plano, en el retrato que Juan Bautista Martínez del Mazo realizó de su madre como regente.

Juan Bautista Martínez del Mazo: Detalle del retrato de Mariana de Austria como reina regente. Londres, National Gallery.

     Sin embargo, el mensaje que se tenía que transmitir al pueblo tenía que ser potente y directo. Por una parte se tenía que reflejar la supuesta buena salud del niño y por otra se tenía que asegurar a la gente que éste era ya un jefe de Estado capaz de dirigir con firmeza el destino de sus súbditos. Es por ello que de todas las imagenes que se crearán del nuevo soberano en sus primeros años de vida la que más se difundirá será la de Carlos II niño a caballo. Esta iconografía representaba el buen gobierno y el dominio militar ya que si se conseguía controlar un caballo en corveta también se podía controlar con mano firme el destino de una nación. Así lo expresba Saavedra Fajardo en su Idea del príncipe político-cristiano:

“es conveniente que el príncipe dome a los súbditos como se doma un potro a quien la misma mano que le halaga y peina el copete, amenaza con la vara levantada… significando que han de estar acompañadas en el príncipe la severidad y la benignidad”.

Saavedra Fajardo, Idea del príncipe político-cristiano, 1642.

     El encargado de dar vida a esta iconografía de Carlos II será Sebastián Herrera Barnuevo, a quien nuestro compañero Cipri lleva dedicando sus investigaciones muchos años y sobre el que podéis leer algunos interesantes post aquí, y que obtendrá el nombramiento de pintor de cámara en 1667 tras el fallecimiento de Martínez del Mazo. Herrera Barnuevo se servirá consecutivamente de dos modelos. Primero del retrato ecuestre de Baltasar Carlos creado por Velázquez para el Salón de Reinos y cuando el príncipe ya tenga algo más de edad del pintado por Rubens al Cardenal Infante Fernando de Austria en la batalla de Nördlinguen, realizado hacia 1634.

     Del retrato de Carlos II niño a caballo que más ejemplos tenemos es del que se realizó siguiendo el modelo velazqueñoDe éste hay un nutrido grupo de retratos de los que el perteneciente a Patrimonio Nacional parece ser, si no el primero creado por Herrera, si el de mejor calidad artística. Tras la creación del modelo, el taller real se ocuparía de la realización de diversos lienzos para su distribución entre las provincias y principales casas nobiliarias y por ello la calidad de muchos de ellos es irregular.

Sebastián Herrera Barnuevo, atribuido a: Carlos II niño a caballo. Madrid, Patrimonio Nacional.

     Estos retratos representan a Carlos II a una edad de entre 7 y 9 años, un momento en el que soberano todavía andaba con dificultad, pero cuyo mensaje hacia Europa y hacia España tenía que ser el de propagar la buena salud y capacidad de mando del joven príncipe.

     Cuando Carlos II se aproximó a su mayoría de edad, es decir a los catorce años, se decidió evolucionar el modelo y es así como se tomará el retrato ecuestre que Pedro Pablo Rubens pintó del Cardenal Infante Fernando de Austria en la batalla de Nördlingen. En éste el hermano de Felipe IV fue retratado por el artista inmediatamente después de asumir el gobierno de los Países Bajos meridionales, en conmemoración de la relevante victoria que había obtenido sobre el ejército protestante en su viaje desde Milán a Bruselas. El artista ideó una imagen ecuestre a la antigua, donde la serenidad del cardenal contrasta con la agitación del caballo. Los habituales elementos alusivos a la capacidad militar y de gobierno se unen al águila, símbolo de los Habsburgo, y a la alegoría de la Venganza Divina. Al retratar a Carlos II siguiendo el modelo utilizado por Rubens para el Cardenal Infante, se quería vincular al soberano con una etapa victoriosa de la monarquía hispánica y al mismo tiempo utilizar un modelo retratístico de prestigio para afianzar la imagen del representado. De nuevo será Herrera Barnuevo el que se encargue de adaptar el modelo rubeniano a la figura de Carlos II y uno de esos primeros retratos del pintor de cámara pudo ser el recientemente sacado en subasta en Isbilya, del que nuevamente se harán copias por parte del taller real de muy diversa calidad.

Sebastián Herrera Barnuevo: Carlos II niño a caballo. Isbilya octubre 2017, lote 61.

     Una vez alcanzada la edad adulta el número de retratos ecuestres que se realizaron de Carlos II fue en descenso, destacando entre los pictóricos los realizados por Luca Giordano y Francisco Rizi. Incluso la gran escultura ecuestre que se proyectó hacia 1676 y que tenía que ser realizado por el escultor Giovanni Battista Foggini quedó tan sólo en dibujos y una preciosa maqueta en bronce dorado que se conserva en el Museo del Prado.

     De ningún soberano antes ni de ninguno después se conservan tanto retratos ecuestres como de Carlos II, sobre todo en su etapa de niñez. Por tanto, seguramente, fue del que más se realizaron, demostrando el poder propagandística con el que se utilizó el arte del retrato para apuntalar la frágil naturaleza de un niño enfermo. En definitiva, resulta paradójico que la formula más extendida para representar al rey niño Carlos II fuera montando a caballo cuando ni tan siquiera podía gobernar sus propias piernas.