La Anunciación: el nacimiento de una iconografía (I)

Hace unos meses mi compañero Cipri y yo misma empezamos un trabajo sobre la iconografía de la Anunciación que iba a formar parte de un libro. Desgraciadamente el proyecto se truncó, y hemos decidido utilizar ese texto para hacer una pequeña serie de post desgranando el origen y evolución de este tema fundamental dentro del arte cristiano.

     La iconografía e iconología son dos ramas auxiliares de la Historia del Arte que nos sirven para poder interpretar las imágenes representadas, ya sea en pinturas o esculturas, pudiendo así entender el mensaje y contextualizarlo. La tradición del arte occidental hunde sus raíces en el mundo clásico y su cultura es profundamente icónica, por lo que precisa de imágenes que muestren desde las ideas más simples a los conceptos más complejos y sofisticados. Si pensamos en la mitología y en toda la suerte de personificaciones que lleva asociadas, entenderemos esta utilidad. Cuando triunfó el Cristianismo, en las postrimerías del Imperio Romano, la necesidad de dotar al culto de imágenes, no hizo sino una adecuación de esa tradición iconódula, que no casaba bien con las doctrinas anicónicas del pueblo judío. Así el cristianismo acabó admitiendo el culto a las imágenes, frente a la tradición semítica, y en confrontación directa con las palabras de la biblia donde se condenaba explícitamente el culto a las mismas. El cristianismo no admitió abiertamente las imágenes hasta la gran crisis del Imperio Romano en el siglo III, en franca competencia con otras religiones salvíficas, como los cultos de Mitra, Osiris, Isis o Cibeles. En ese contexto, el cristianismo, necesitaba las imágenes como medio eficaz de proselitismo entre una población cada vez más iletrada y acostumbrada a tener representaciones visuales de aquellas fuerzas sobrenaturales que se adoraban. Este hecho es la base fundamental para entender los enormes debates que en el seno de las diferentes doctrinas derivadas del cristianismo se han producido sobre la conveniencia o no del uso de las imágenes y que podemos rastrear desde los mismos inicios de la expansión de la nueva fe hasta el Concilio de Trento, en pleno siglo XVI.

Anónimo romano: Cibeles, siglo II. Los Ángeles, LACMA.

Anónimo romano: Isis. Roma, Museos Vaticanos. Foto: Wikimedia Commons.

     Una vez aceptadas las imágenes, por su eficacia docente, han de configurarse en un sistema de fácil lectura para los iniciados, es por ello que el tema de la Anunciación de María haya sido uno de los temas más representados y más reconocibles en toda la tradición iconográfica cristiana. No pretendemos aquí analizar exhaustivamente la riqueza iconográfica y simbólica de este tema, sino más bien hacer un recorrido estilístico por las diferentes corrientes dentro de la Historia del Arte, una aproximación a la evolución en la representación estética del misterio y su resonancia.

     El origen de la iconografía no puede ser más claro. Para su creación se siguió el texto del evangelio de San Lucas (1, 26-38), pero además está narrado con mayor lujo de detalles en los evangelios apócrifos como el Protoevangelio de Santiago: “Cierto día cogió María un cántaro y se fue a llenarlo de agua. Mas he aquí que se dejó oír una voz que decía:

<<Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres>>. Y ella se puso a mirar entorno, a derecha e izquierda, para ver de donde se podía provenir esa voz. Y, toda temblorosa, se marchó a su casa, dejó el ánfora, cogió la púrpura, se sentó en su escaño y se puso a hilarla.” (XI, 1-2)

o el del Pseudo Mateo: “Al día siguiente, mientras se encontraba María junto a la fuente, llenando el cántaro de agua se le apareció el ángel de Dios y le dijo:

<<Dichosa eres, María, porque has preparado al Señor una habitación en tu seno. He aquí que una luz del cielo vendrá para morar en tí y por tu medio iluminará a todo el Mundo>>. Tres días después, mientras se encontraba en la labor de la púrpura, vino hacia ella un joven de belleza indescriptible. María al verlo quedó sobrecogida de miedo y se puso a temblar. Mas él le dijo: <<No temas, María, porque has encontrado la gracia ante los ojos de Dios. he aquí que vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un rey cuyo dominio alcanzará no sólo a la tierra, sino también al cielo, y cuyo reinado durará por todos los siglos>>” (IX, 1-2)

     Los textos apócrifos son la base para la creación de la iconografía empleada en el mundo bizantino y oriental. Además el Pseudo Mateo introduce, sin lugar a dudas, los elementos simbólicos más trascendentes: la luz y el ángel, descrito como un joven bellísimo. Sin embargo, en el mundo medieval occidental son usadas como fuentes iconográficas más habitualmente los textos de la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine y las diversas visiones místicas, entre las que podemos destacar las de Santa Brígida de Suecia. Vorágine sitúa la escena en la casa paterna de Nazareth, siguiendo los textos de San Bernardo y justifica la conveniencia de la escena por lo que representa dentro de la historia de la humanidad y su redención, y destaca el papel angélico en el misterio de la Anunciación. Por su parte, la reina y mística sueca, Santa Brígida, da una visión más personal, contándola en primera persona y desde el intimismo del mismo misterio.

     A esto hay que unir las otras vías de creación de la iconografía cristiana como son la utilización de figuras mitológicas y sus atributos para adaptarse a las enseñanzas cristianas. Así para la representación del Arcángel San Gabriel, y de los ángeles en general, se utilizaron formas clásicas como los Genios alados de la tradición grecolatina, Mercurio y su caduceo, así como indumentarias y vestimentas, como la dalmática o la túnica, que se van a ir adecuando a las diferentes modas a lo largo del tiempo. También se usaron como fuente para la creación de una iconografía cristiana ejemplos de la tradición clásica, como las representaciones mitológicas o relacionadas con la cultura helénica, ejemplo de ello pueden ser las representaciones del nacimiento de Dionisos o de Alejandro Magno, que podemos rastrear en algunas Anunciaciones tempranas.

Giambologna: Mercurio. París, Museo del Louvre. Foto: Wikimedia Commons.

     Una de las primeras representaciones de la Anunciación de las que se tiene constancia es en las catacumbas de Priscila, situadas en la Vía Salaria Nova de Roma. Aquí en el techo de una pequeña estancia pintada al fresco, dentro de un círculo, aparece una figura femenina sedente en lo que parece un trono y un joven vestido con dalmática, prenda habitual en las representaciones del bajo imperio. La dalmática era una prenda de lujo que podía ser usada tanto por hombres como por mujeres, de ahí que en muchas representaciones paleocristianas cause cierta confusión a la hora de reconocer el tema o el personaje representado. Estas pinturas se vienen fechando en el siglo III, aunque hay autores que quieren adelantar la datación, ya que las catacumbas empezaron a construirse en el siglo I.

Anunciación. Catacumbas de Priscila, siglo III. Roma, Via Salaria. Foto: Wikimedia Commons.

     Este primitivo ejemplo no tuvo gran trascendencia posterior, pues durante los siglos del medievo, muchas de las catacumbas romanas cayeron en el olvido, siendo redescubiertas en el siglo XVI, al calor de nuevas corrientes espirituales, como los oratorianos de San Felipe Neri, que promulgaban un retorno al cristianismo primitivo. Fruto de este redescubrimiento, se publicó la obra de Antonio Bosio Roma Sotterranea (1632) donde se recoge en estampas las principales imágenes de esta catacumba, incluída la Anunciación. Es reseñable cómo Bosio no entendió el tema representado, pues a principios del siglo XVII, estaba más que codificado el modo de representación del mismo. Así no identificaba al arcángel por ser una figura que va sin las características alas, ni a la Virgen en la representación femenina sedente, que no coincide con las escenas tal y como se interpretaban en la tradición occidental.

Portada del libro Roma Soterranea de Antonio Bosio.

     También hay una Anunciación, inserta en un ciclo de escenas de sentido cristológico, en uno de los cubículos de la catacumbas de los santos Marcelino y Pedro en Roma. Esta escena se asemeja mucho en la composición y forma a la de Priscila, pero la representación no es el centro de la bóveda, sino que es una de las escenas secundarias que forma parte de un ciclo junto a la adoración de los Magos, la aparición de la estrella que anuncia el nacimiento y el bautismo. Estas cuatro escenas rodean un tondo donde se representa el milagro de las bodas de Canaa. Tendrían una cronología semejante al anterior ejemplo, el siglo III.

Dibujo del techo del cúbico de las Catacumbas de Priscila en el libro Roma Soterrata de Bosio.

     De principios del siglo V sería la relieve de la Anunciación en una de las caras laterales del sarcófago ravennense del Quadrarco di Braccioforte, jardín adyacente al mausoleo del poeta Dante, también conocido como sarcófago del profeta Elías o Pignatta, por ser reutilizado por una familia de este nombre en siglos posteriores. En el relieve del sarcófago aparece la Virgen sentada, trabajando la púrpura, y el ángel vestido con toga romana y con unas amplias alas, mostrando ya la imagen prototípica. Esta representación sirve como nexo entre la tradición paleocristiana y la bizantina, por el papel de la ciudad de Ravenna al final del Imperio Romano y su pertenencia a Bizancio con Justiniano en el siglo VI. La escena sin referencia espacial ninguna, se enmarca por unas pilastras clásicas y están muy detallados los pliegues de los ropajes, en un evidente eco de la tradición clásica. Es una obra de algo más de medio relieve. Lo que nos habla de los excelentes talleres de mármol en la ciudad de Ravenna en las postrimerías del Imperio.

Anunciación en el sarcófago de Braccioforte, siglo V. Rávena. Foto: Investigart.

     Esta iconografía, que como hemos visto deriva de los evangelios apócrifos, se mantiene en otro de los ejemplos más tempranos: el mosaico del arco triunfal de la basílica de Santa María Maggiore en Roma, fechado entre los años 432 y 440. Éstos son las fechas del pontificado de Sixto III, Papa que encargó la construcción de la Basílica tras el concilio de Éfeso (431) y que reconocía el dogma de la maternidad divina de la Virgen, es decir, María como Madre de Dios o Theotocos. Los mosaicos del arco triunfal son el vestigio de esta primitiva basílica. El conjunto narra mediante una serie de bandas la historia sagrada de la infancia de Cristo, desde la Anunciación, sacada de los textos apócrifos del protoevangelio de Santiago y del Pseudo-Mateo. Su lectura comienza en la parte superior izquierda del arco, hasta la parte inferior donde aparecen las ciudades de Belén y Jerusalén. En este ejemplo de Anunciación, además de mantenerse el motivo de la Virgen con el huso para hilar la púrpura con la que confeccionar el velo del templo, se la muestra como una emperatriz romana, es decir, al modo que luego va a permanecer en el mundo bizantino. Los ángeles dobles que la acompañan en la parte izquierda son un trasunto de la guardia que custodiaba a las personas de la familia de los emperadores. Tanto el ángel de la Anunciación, como los que hacen de guardianes y un tercero que sobrevuela la escena junto a la paloma del Espíritu Santo, van vestidos con togas blancas a la romana y portan alas.

Mosaico con la Anunciación. Roma, Santa María Maggiore. Foto: Wikimedia Commons.

     También en Roma se conservan los frescos de Santa María la Antigua, en pleno foro junto al Palatino. En ese templo se superpusieron varias capas de pinturas bizantinas, pero en una de ellas, en el siglo VII se pintó una escena de la Anunciación de la que se conservan dos fragmentos del rostro de la Virgen y del Arcángel Gabriel. Lo que hace tan interesante estos frescos es que son anteriores a la crisis iconoclasta y además sirven de nexo con la tradición bizantina.

Restos del Ángel de la Anunciación (derecha), siglo VII. Roma, Santa María de la Antigua. Foto: Wikimedia Commons.

Continuará…