El bello arte de las apariencias

     Siempre en los momentos de necesidad económica se ha de agudizar el ingenio y el siglo XVII español es siempre el ejemplo recurrente para hablar del fuerte contraste entre situación económica y creatividad (ver sobre este tema otro de nuestros post aquí).

     En este ámbito de dificultades económicas, sobre todo en la Corte, el ingenio y la mezcla de dos tradiciones arquitectónicas anteriores vinieron a dar una solvente solución a la dotación decorosa de cúpulas en las construcciones madrileñas realizándolas mediante la técnica del empleo de camones o vigas curvadas de madera, lo que tradicionalmente conocemos como cúpulas encamonadas.

Diseño de una cúpula encamonada.

Diseño de una cúpula encamonada.

     Fray Lorenzo de San Nicolás, en su segunda parte del Arte y Uso de la Arquitectura, describe la forma de realizar este tipo de armadura de madera que suple a una bóveda de obra, ya sea de ladrillo o de cantería:

“En España, particularmente en esta Corte se van introduciendo el cubrir las Capillas con cimborrio de madera, y es obra muy segura, y muy fuerte, y que imita en lo exterior a las de cantería, esta se ha usado dello en edificios, o que tienen pocos gruessos de paredes, o que lo caro de la piedra es causa de que se hagan con materia más ligera, y menos costosa”.

     Es el propio Fray Lorenzo el que nos pone en la pista de la primera ocasión en que se utiliza este recurso arquitectónico: la Cúpula de la Iglesia del Colegio Imperial de los Jesuitas en Madrid, actualmente Colegiata de San Isidro (ver vista 360º de Jesús C.V. en google maps). Esta obra es fruto de dos arquitectos de la Compañía: el Hermano Pedro Sánchez y el Hermano Francisco Bautista.

Vista de la Cúpula encamonada de la Colegiata de San Isidro.

Vista de la Cúpula encamonada de la Colegiata de San Isidro.

     Parece ser que fue al primero al que se le ocurrió la cubrición del espacio del crucero con este sistema para compensar los malos materiales de construcción utilizados en la Corte. San Nicolás nos cuenta que él mismo es el segundo en utilizarlo:

“Yo hize la segunda en mi Convento de Agustinos Descalços, en esta Villa de Madrid, en la Capilla del Desamparo de Christo; la tercera hize en Talavera en la Hermita de Nuestra Señora del Prado…Despues acá se han hecho, y van haziendo cada dia muchas, porque haze los edificios muy luzidos; cubrense con piçarra, y plomo, y son muy agradables a la vista: su planta es como la passada, redonda por adentro y ochavada por afuera las paredes, excepto que no llevan tirantes”.

Cúpula de la Ermita del Prado, Talavera de la Reina.

Cúpula de la Ermita del Prado, Talavera de la Reina.

     Realmente estamos ante una conjunción de dos usos, modos o tradiciones, que el bueno de Pedro Sánchez tuvo la genialidad de relacionar. Por un lado la tradición de la carpintería hispanomusulmana o mudejar, de crear armaduras incluyendo la utilización de camones o vigas curvas para crear bóvedas de madera. Como bien podemos ver en ejemplos teóricos como los expresados por Diego López de Arenas en su tratado “Breve compendio de carpintería de lo blanco y tratado de Alarifes” publicado en Sevilla en 1633. En cuanto a los ejemplos prácticos baste con mencionar las cúpulas de entrelazo de los Reales Alcázares de Sevilla, obra cumbre del mudéjar español.

     Por otro lado, las bóvedas de madera no están presentes sólo en la tradición hispánica, sino que se conocen y usan también en Europa, baste como ejemplo teórico la definición de su uso por Philibert de L’Orme en su tratado Nouvelles inventions pour bien bastir et à petits fraisde 1561 y como ejemplo práctico la bóveda de madera que aparece en la tabla de San Juan Bautista del díptico Werl del Maestro de Flemale o Robert Campin y que está en el Museo del Prado.

     A la tradición de bóvedas interiores hechas con madera se sumarán las cubiertas exteriores de pizarra que no son sino una adaptación de la reciente moda madrileña de cubrir las torres con chapiteles de ese mismo material. La ventaja de la pizarra era incuestionable, aislaba de la lluvia y la humedad a la estructura de madera de la bóveda y a la vez era ligera y plástica, trasdosando la forma de la cúpula, por lo que su silueta resultaba más gallarda y hermosa. Ya hablamos en este blog de dónde provenía esta costumbre: era la adaptación de las techumbres empizarradas del norte de Europa que Felipe II quería para sus palacios (sobre este tema ver post aquí).

     Haciendo de la necesidad virtud, Pedro Sánchez, el Hermano Bautista y Fray Lorenzo de San Nicolás dotarán a la arquitectura madrileña del siglo XVII de un recurso que resolvía de forma plástica y decorosa la necesidad de resaltar con iluminación y altura los cruceros. De esta forma asimismo, se destacaban los presbiterios, epicentro visual de los interiores de las iglesias contrarreformísticas, el modelo más empleado en Madrid.

     La natural evolución de las cúpulas encamonadas madrileñas correrá pareja a la de la propia arquitectura. Así, con el tiempo, se irán llenando de decoraciones de yeso en el interior y exteriormente se desarrollarán las ornamentaciones en tambores y en los remates de los cupulines. En Madrid tenemos todavía en la actualidad algunos bellos ejemplos que nos permiten ver esta evolución. Además de la ya citada cúpula de San Isidro, subsisten hoy en día la que el propio Fray Lorenzo hizo para la Iglesia de las Calatravas en la calle de Alcalá, la que Juan Gómez de Mora trazó para la Iglesia del Convento de Santa Isabel, la diseñada por José de Villarreal para la Capilla de San Isidro en San Andrés, la creada por los hermanos Olmo en las Comendadoras de Santiago, además de ejemplos más pequeños en cúpulas en capillas, como la del Cristo de San Ginés, Buen Consejo, el Cristo en San Isidro o el Cristo de los Dolores de la Venerable Orden Tercera, entre otras.

     Podríamos destacar en esta evolución, como ejemplo de la versatilidad del modelo, la cúpula encamonada que realizó Pedro de Ribera en su madrileña ermita de la Virgen del Puerto, donde gracias al doble casquete de la estructura de la cúpula, puede disociar el interior, que mantiene su forma típica de cúpula de media naranja, del exterior donde realiza una pintoresca cúpula “inversa”, es decir cóncava en lugar de convexa, que no es sino un recurso más dentro del concepto barroco de jugar con las apariencias.

     Podemos decir por tanto, que los chapiteles de pizarra en las torres y las cúpulas encamonadas y empizarradas dieron al “skyline” madrileño, fundamentalmente del siglo XVIII, su característico y pintoresco perfil.

*Damos las gracias a Jesús C.V. por facilitarnos algunas de las imágenes que ilustran este post. Os recomendamos que os paséis por su fantástico blog para ver no sólo preciosas fotografías sino vistas 360º de algunas de las iglesias que aquí hemos mencionado.