Frescos de Madrid: maestros olvidados, obras destruídas

     Queremos hoy recordar el género pictórico que más prolíficamente transformó los interiores de iglesias y palacios en los siglos del barroco en la corte de Madrid. Aprovechamos que el tema está de total actualidad al hilo de la actividad organizada por la Comunidad Autónoma de Madrid a través de su Oficina de Turismo y Cultura: Al fresco. Un recorrido por la pintura mural de Madrid. El tema de la pintura al fresco nos es muy grato y lo hemos tratado con anterioridad (véase aquí y aquí). También nos ha dado pie para hablar sobre los grandes nombres de la escuela madrileña de pleno barroco, quienes se vieron involucrados en la asimilación del estilo del fresco italiano de la quadratura (aquí). Éstos a su vez fueron cabeza de una serie de discípulos y seguidores que en un afán de imitar lo moderno, van a adoptar la pintura del fresco. Está claro que tanto Rizi y Carreño primero, como Coello y Donoso después, debieron de valerse de numerosos colaboradores y ayudantes en las realizaciones de estas grandes superficies de pintura, ya fuera al buon fresco (técnica tradicional de la pintura mural en la que el color se aplica sobre una preparación a base de yeso todavía húmedo) como al secco (pintura mural sobre preparación ya seca sobre la que se aplica el color con la técnica del temple). De estas colaboraciones saldrá una larga lista de artistas, de los cuales apenas si conocemos algún lienzo, y que debieron estar presentes en la vida artística madrileña. Sin embargo, la falta de obras atribuibles a éstos los han sepultado en el olvido. Palomino en su libro sobre la vida de los artistas españoles, recoge algunos de estos personajes que fueron coetáneos suyos. Hoy queremos tratar sobre esos pintores hoy desconocidos porque sus obras no han pervivido hasta hoy.

Antonio Palomino: Cúpula de la Asunción de la Virgen en el Oratorio de la Casa de la Villa de Madrid.

Antonio Palomino: Cúpula de la Asunción de la Virgen en el Oratorio de la Casa de la Villa de Madrid.

     De entre los ayudantes de Rizi y Carreño, el gran historiador, Ceán Bermúdez nos habla de Juan Valdemira de León, discípulo de Rizi y cuyos floreros competían con los de Arellano. También aparece el nombre de Juan Fernández de Laredo, del que Palomino nos cuenta que nació en Madrid, y entró como discípulo al taller de Rizi, especializándose en las perspectivas teatrales, y en el manejo del temple. También se dedicó a las decoraciones teatrales Vicente Benavides, del que Palomino nos cuenta que pintó al fresco la capilla del Santísimo Cristo del Amparo, en la iglesia de la Victoria de Madrid; la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles de Getafe; y la fachada de las casas del marqués de los Balbases, la cual ejecutó junto a Dionisio Mantuano. De todo ello nada ha llegado a nuestros días.

     Entre los discípulos de Carreño, destacará Juan Martín de Cabezalero (1634-1673), quien realizará obra al fresco, como nos cuenta Palomino, en la iglesia de los Recoletos Agustinos, donde ejecutará la figura de un Padre Eterno; las pinturas de la Cartuja del Paular, donde realizará un San Bruno para la Sala Capitular y uno de los techos junto al altar; y también intervendrá en la capilla del Santo Sepulcro del convento de San Plácido.

     También Francisco Ignacio Ruiz de la Iglesia (1649-1704), oficial de Carreño, después de formarse con Francisco Camilo, trabajará el fresco pintando la capilla de Nuestra Señora de las Nieves en el Real Colegio de Santo Tomás de Madrid, de lo que nada se conserva; y en la capilla de Nuestra Señora de los Remedios de San Ginés en 1697.

     Significativo resulta el caso de Sebastián Muñoz (1654-1690), quien fue discípulo de Claudio Coello. Éste ira a a Italia, como nos cuenta Palomino, y a su regreso, pasará por Zaragoza para ayudar a Coello en los frescos de la Mantería. A su vuelta a Madrid, entrará a decorar un techo de un gabinete del Cuarto de la Reina en el Alcázar. Allí ejecutará la fábula de Angélica y Medoro, “con muy buenos ornatos de arquitectura, en que tenía excelente gusto”.

Sebastián Muñoz: Angélica y Medoro. Madrid, Biblioteca Nacional.

Sebastián Muñoz: Angélica y Medoro. Madrid, Biblioteca Nacional.

     Esta no será la única intervención en el Palacio madrileño, ya que en la galería del cierzo pintará al óleo la fábula de Psique y Cupido. Su buen hacer le llevará a que también se le encarguen, con motivo de las segundas nupcias de Carlos II, con Mariana de Neoburgo, las decoraciones de algunos techos en el Cuarto de la Reina en el Buen Retiro, siguiendo trazas de Coello. Tras la realización de estas pinturas se le encomendó reparar los frescos de la cúpula de Atocha, pintados por Herrera el Mozo, los cuales había sufrido desperfectos. Estando reparando estas pinturas, calló del andamio y murió en el acto, malográndose una de las carreras pictóricas más prometedoras de finales del siglo XVII.

     No muy lejos de la corte, en Alcalá de Henares, había dos retablos fingidos en sendas capillas de la Iglesia de Santa María, con los temas de la Anunciación y Nacimiento. Ambos han sido atribuidos a José Cano de Arévalo (h. 1656-1696), artista especializado en la pintura de abanicos según nos cuenta Palomino. Sin embargo es posible que sean del madrileño Juan Vicente de Ribera (1668-1736) quien también pintó en las capillas del Colegio de los Jesuitas en la ciudad de Alcalá, como sabemos gracias a la aparición de su firma en la cúpula de las Sagradas Formas durante su restauración en 1994 (ver aquí). Los retablos de las capillas de la Iglesia de Santa María, templo destruido del que apenas quedan unos restos en la plaza de Cervantes, estaban conformadas por unas quadraturas, pintadas al temple, de tono barroquizante. Éstas prolongarían el espacio arquitectónico de las pequeñas capillas, creando un efecto de más profundidad gracias a la utilización de las arquitecturas y los colores claros, los cuales daban contraste.

     Antonio Palomino (1655-1726) es la única fuente de noticias en muchos casos para toda este serie de pintores menores, que seguirían la estela de Rizi, Carreño y Coello, dentro de la pintura decorativa. Cuando en 1700 muere Carlos II, y sube al trono el Borbón Felipe V, éste va a venir acompañado de toda una corte de extranjeros, entre ellos por supuesto artistas. Esto va a coincidir asimismo con que las grandes figuras artísticas españolas habían ya muerto: Rizi, Carreño y Herrera el Mozo mueren en 1685, y Coello en 1696. Va a surgir entonces en la corte una doble corriente, la cortesana de tono francés, con artistas venidos del país vecino y de Italia, y una corriente castiza que va a mantenerse de forma autóctona, y ajena a la corte. Esta corriente va a mantener lo aprendido de los grandes maestros de la escuela madrileña del último tercio del XVII. El artista más significativo de este grupo va a ser el propio Palomino que, llegado a Madrid en 1678, había establecido contacto con Carreño y con Claudio Coello, quienes le abrieron las puertas de palacio para pintar en la galería del Cierzo, como colaborador de Coello en 1686. En 1699 pintará para el Ayuntamiento de Madrid las bóvedas de su capilla y el techo del salón de plenos con una alegoría de Carlos II inscrita en una quadratura que deriva de lo realizado por Coello y Donoso en la Casa de la Panadería de Madrid.

     Palomino también trabajará junto con Luca Giordano, lo que va a ser un estímulo para él y un enorme aprendizaje de cara a sus obras en solitario. Así queda patente en los frescos realizados en Valencia en la iglesia de San Juan del Mercado o de los Santos Juanes, recientemente restaurados, y en la iglesia de los Desamparados; en las realizadas entre 1705-1707 en San Esteban en Salamanca; en la cúpula del camarín de la Cartuja de Granada pintada en 1712; o en las ejecutadas en el Paular entre 1723-24. En todas ellas se aprecia en un lenguaje plástico derivado de Coello y de Luca Giordano.

     La destrucción, fundamentalmente en el siglo XIX, tras la desamortización, y en el XX, sobre todo durante la Guerra Civil, de casi todos los conjuntos pictóricos al fresco (ya fuera al buon fresco, o al temple) ha privado de la posibilidad de un estudio profundo de la relevancia y de la importancia de dichas obras dentro del barroco español. La falta irreparable de estas pinturas, nos obliga a contentarnos con hacernos una ligera idea de lo que pudieron ser todas estas iglesias y capillas con sus decoraciones. Serían, sin lugar a dudas, espacios que moverían a la oración y la devoción.

P.D: Aprovechando esta iniciativa tan buena, esperamos que en alguna ocasión abran al público la Casa de la Villa, la supuesta casa de todos los madrileños, y podamos ver los frescos que en ella se encuentran…