Las sombras del barroco en Roma

     Seguimos con nuestros post especiales del #OrgulloBarroco y en esta ocasión intentamos contextualizar la extrema violencia que en muchas ocasiones observamos en las obras de arte. Esta se debía a que el caldo de cultivo de la sociedad del momento era lo que propiciaba y vivía. Nuevamente nuestro querido amigo @BerniniRocks sabio y que vivió de primera mano esa época nos desvela el porqué de tanta ira y crueldad.

     Caravaggio mató e intentó castrar a un enemigo. Bernini, ayudado de una barra de metal, casi acabó con la vida de su hermano. Borromini mandó dar una paliza a un artista, provocándole la muerte.

Artemisia Gentileschi: Judith y Holofernes. Óleo sobre lienzo, 158.8 cm × 125.5 cm. Florencia, Galería Ufizzi.

     Ejemplos de artistas asesinos y violentos hay muchos en el Barroco, pero no nos engañemos; no se debe al mercurio del bermellón. La violencia no era perpetuada únicamente por los artistas romanos. La época barroca estuvo marcada por guerras, hambrunas, pestes y con el fanatismo religioso como protagonista absoluto y la marcada estratificación social no hizo sino acrecentar esa «violencia estructural».1

     La violencia era omnipresente en las familias, en las relaciones sociales y en las relaciones internacionales. En Roma la herencia social de la guerra de España contra Carafa, la guerra de los 30 años, la situación en Nápoles, las revueltas de Navarra y Portugal y todas las escaramuzas militares, convirtieron a la ciudad de Tíber en un hervidero de violencia diplomática. Los bandos de cada país, eternamente nacionalistas, no dudaban en defender con puños lo que decían sus palabras. No precisamente los resultados que podríamos esperar de los cuerpos diplomáticos…

Caravaggio: El martirio de San Mateo, Óleo sobre lienzo, 323 cm × 343 cm. Roma, Iglesia San Luis de los franceses.

La diplomacia poco diplomática del barroco romano

     Los diplomáticos en Roma, pecando de arrogancia, tensaban los límites de la inmunidad. El prestigio se medía en no poner la otra mejilla. Famosísimos fueron los enfrentamientos entre los embajadores de España y Francia, al punto que se intentaba que no coincidieran en los actos públicos. Roma se convirtió en un microcosmos de la crisis política europea.

     La Piazza Navona fue epicentro de muchos enfrentamientos porque allí se encontraba la sede de la iglesia nacional española de San Giacomo. En 1636 la Piazza vivió uno de los enfrentamientos más violentos entre diplomáticos españoles y franceses. Esa pelea (que se luchó hasta en los tejados de los edificios) acabó solo cuando los soldados del papa aislaron el lugar y pusieron orden entre ambas facciones. Otro sitio candente era lo que hoy en día es la Piazza de España, donde también se vivieron numerosos enfrentamientos entre españoles y franceses durante el papado de Urbano VIII.

Giovanni Battista Piranesi: Piazza Navona. Grabado, 38.5 x 54.5 cm. Colección Arthur Ross.

     La ciudad comenzó a encontrar poco a poco algo de paz en los conflictos diplomáticos cuando Inocencio XI limitó los privilegios jurisdiccionales de los embajadores, aunque otros proyectos de reformas de los tribunales no llegaron a su apogeo hasta el papado de Inocencio XII. Suprimiendo los tribunales judiciales menores y reglamentando la penitenciaría se consiguió una coordinación de las competencias. Eso sí, los papas tuvieron cuidado de que estas reformas no tocasen la inmunidad eclesiástica.2

Y en el centro de todo, la Iglesia

     En el periodo Barroco la iglesia fue la institución dedicada a luchar contra la herejía, usando todos los medios que tuvo a su alcance. Se valía de la diplomacia, del arte (utilizándolo como propaganda y reclamo moral) e incluso de la violencia. Cualquier método para pelear contra el infiel era válido, y fue por esto que el mensaje de violencia se filtró en todos los estratos de la sociedad. La Iglesia, tutor moral de la población cristiana, validó las acciones violentas y ayudó a convertir la violencia en la enfermedad de la sociedad del siglo XVII. Una sociedad restringida que solo necesitaba una chispa para hacer saltar todo por los aires. Y en Roma esa chispa era la muerte del papa.

Bernini: Baldaquino. Bronce y mármol, 28 metros. Basílica de San Pedro. Vaticano.

     La Sede Vacante es el periodo en el que un papa muere y otro asume el mando, y los pillajes durante las Sedes Vacantes ocurrían desde la muerte de Adriano III en 885, pero en el barroco la violencia durante la Sede Vacante era, en palabras del embajador veneciano Mocenigo, donde «Baco acampaba a sus anchas».3

     El elemento de impredecibilidad y la licencia momentánea sumía a Roma en un pandemonio de caos, saqueos, asesinatos y violaciones. Aunque también nos ha dejado alguna anécdota divertida: cuando Giovanni Battista Pamphilj fue elegido papa, se anunció erróneamente «Crescenzio» y no «Inocencio». La gente entonces acudió al palacio de los Crescenzi a hacer el saqueo ritual de la casa del nuevo papa. Un error afortunado para Donna Olimpia Pamphilj, quién pudo poner a salvo los objetos de valor del palacio del nuevo pontífice.4

     Otras fuentes sobre los disturbios en las Sedes Vacantes son las Relazioni dei Medici et Barbieri. Las Relazioni eran los registros de heridas graves o poco creíbles que trataban los barberos cirujanos, y que debían comunicarse como máximo un día después de haberse realizado la cura. Durante los días que duró la sede vacante de Urbano VIII se registraron 394 heridas5, más de ocho al día, cuando lo habitual era el registro de una herida sospechosa diaria.

Guido Reni: La masacre de los inocentes, Óleo sobre lienzo, 268 cm × 170 cm. Pinacoteca Nacional de Bolonia.

La dignidad romana

      No podemos dejar de mencionar el papel fundamental que tenía el honor. Los italianos en general, pero especialmente los romanos, eran herederos universales de la dignitas de la antigua Roma. El honor de un hombre era su carnet de identidad moral; el prestigio personal que tardaba toda una vida en labrarse. La reputación y el respeto podían hacer que un hombre escalase socialmente y ganase puestos de responsabilidad, asegurando unos ingresos económicos que siempre escaseaban; se les iba la vida en el honor. Pero era un arma de doble filo; la dignidad mancillada podía destruir a un hombre. El honor podía perderse por culpa de uno mismo o por culpa de terceros. Y en una sociedad tan poco dada a la autocrítica, eran siempre otros los responsables de la ruina del prestigio propio. Una vendetta habitual para los ataques al honor eran los sfregios, heridas que se infligían en la cara para vengar el insulto a la reputación. Eran la defensa de un código de honor; de esta forma la persona esfregiada llevaría en la piel de por vida el deshonor que había provocado.

Caravaggio: La captura de Cristo, Óleo sobre lienzo, 133,5 cm × 169,5 cm. Galería Nacional de Irlanda.

     Para muestra un botón: cuando la amante de Bernini le fue infiel, él ordenó a su mayordomo que desfigurase la cara de Constanza con una navaja. No ordenó un sfregio solo porque la amante hubiera roto su corazón, sino porque ella también destrozó su reputación. Y eso era la peor pesadilla de un hombre. En la Roma barroca las heridas morales se pagaban con sangre.

Sin luces no hay sombras

     La crueldad era una alargada sombra que cubría la ciudad, metiéndose en cada rincón. Era imposible escapar de la violencia porque se llevaba en la piel, a modo de escudo protector. «La mejor defensa es un buen ataque» define perfectamente esa sociedad enferma de ferocidad.

     Aunque hoy el honor es de quita y pon, las luchas políticas se ven desde la comodidad del sofá y la elección de un nuevo papa no genera más que un morbo moderado, en la Roma barroca estos elementos crearon una sociedad enferma, débil y peligrosamente enfadada.

     No podemos juzgar la historia desde los ojos del presente. Hay que estudiarla en su contexto, dentro de los límites sociales que marcó su propio tiempo. Y no debemos, escandalizados, borrar los valores y costumbres del pasado solo porque no se ajusten a los cánones del presente. El Barroco nos dio un arte pulido, mágico, que quiso tocar el cielo con las manos. Pero ese periodo también nos dio muestras de lo peor del ser humano. Incomode (o no), la violencia del barroco es parte intrínseca del movimiento artístico. No hay grandeza sin bajeza ni sagrado sin profano.

Notas:

  1. Castellano J.L., Navarro J.J. (2010). Violencia y conflictividad en el universo barroco. Editorial Comares, España.
  2. S. Tabacchi, le Riformi giudiziarie nella Roma. pág. 160
  3. Luigi Mocenigo, E. Relazioni degli ambasciatori veneti, ser. II, vol. IV, 38.
  4. Romero García, E. (2015). Roma. Del Renacimiento al Barroco. Madrid, España: Historia incógnita.
  5. Relazioni dei medici et barbieri, vol. 73, desde el 29/07 al 15/09 de 1644.