Belleza revelada, el amor más allá de convencionalismos

     Leyendo el otro día un antiguo artículo de la revista The Economist, me encontré con una preciosa historia de amor relacionada con una obra de arte y pensé que no había mejor manera de celebrar en el blog San Valentín que contándoosla a vosotros.

     Una pequeña cajita de tafilete rojo de tan sólo 6,7 por 8 cm guarda un gran secreto. Una imagen que por su delicadeza y modernidad uno pensaría realizada hace escasas fechas, o que por su contenido erótico podría ser fruto del sensual arte francés del siglo XVIII. Pero ni una cosa ni la otra. Se trata de “Belleza revelada”, una miniatura realizada por una artista americana en el siglo XIX, dentro de una sociedad sumamente puritana y conservadora que defendía la decencia y los valores familiares como la bandera más importante de su moralidad (a la miniatura ya le hemos dedicado otros post ver aquí, aquí y aquí).

Sarah Goodridge: Belleza revelada, autorretrato. Metropolitan Museum, Nueva York.

Sarah Goodridge: Belleza revelada, autorretrato. Metropolitan Museum, Nueva York.

     En 1788 nacía en Templeton, Massachusetts, la pintora Sarah Goodridge. Ya desde niña demostró su interés por el dibujo, aunque fuera rayando con un alfiler la corteza de un árbol. Más tarde comenzó a leer libros dedicados al arte y el dibujo para intentar aprender por sí misma aquella afición que tanto le apasionaba. En 1805 se traslada al area de Boston y comienza a recibir clases de dibujo a la vez que empieza a practicar la técnica de la miniatura. Aprenderá entonces cómo cortar el marfíl en laminas tan finas y transparentes que parecían placas de porcelana; a realizar acuarelas con la cantidad justa de agua y pigmento como para que los colores no se emborronaran; y a engrasar, calentar y lijar el marfíl para que el color quedara fijado sobre la superficie de la pequeña placa. Su habilidad, precisión y exquisita técnica pronto destacarán y en 1820 abrirá estudio y comenzará a perfeccionar su técnica con el retratista Gilbert Stuart, un afamado pintor que durante la revolución americana había exhibido sus obras en la Royal Academy de Londres.

Sarah Goodridge: Retrato de Gilbert Stuart. Metropolitan Musem, Nueva York.

Sarah Goodridge: Retrato de Gilbert Stuart. Metropolitan Museum, Nueva York.

     En poco tiempo, el estudio de Goodridge consiguió fama y comenzó a realizar de dos a tres miniaturas a la semana, lo que le permitió comprar una casa en una de las zonas más elegantes de Boston, Beacon Hill. La miniatura era en muchos casos el único recuerdo de un familiar, cuando se iniciaba un viaje el cual no se conocía si tendría retorno, o la prueba de amor a guardar cerca del pecho para contemplar continuamente a la persona amada, en forma de medallón o cajita en la que a veces se guardaba también un mechón del cabello. Asimismo las miniaturas se convirtieron en la forma más común en la que recordar acontecimientos familiares: bodas, nacimientos, fallecimientos… Es por ello que en una sociedad rica y culta como la del Boston de la primera mitad del siglo XIX Goodridge tendrá un gran número de encargos.

Sarah Goodridge: Retrato de Mrs. Edward Appleton. Museo de Bellas Artes de Boston.

Sarah Goodridge: Retrato de Mrs. Edward Appleton. Museo de Bellas Artes de Boston.

Trasera de la miniatura de Mrs. Edward Appleton.

Trasera de la miniatura con un mechón de cabello de la representada.

     Hacia 1830, momento en el que ella se realiza el Autorretrato que se conserva en el Museum of Fine Arts de Boston, y en el que se muestra como una mujer segura de sí misma, ya forma parte del círculo de artistas de la ciudad, está perfectamente establecida y recibirá el encargo de personajes destacados del momento como el secretario de Estados Unidos Daniel Webster, el General Henry Lee, o incluso el de su maestro Gilbert Stuart. Asimismo, empezará a exhibir sus miniaturas en la muestra anual del Ateneum de Boston entre 1827 y 1835.

Sarah Goodridge: Autorretrato. Museo de Bellas Artes de Boston.

Sarah Goodridge: Autorretrato. Museo de Bellas Artes de Boston.

     Fue seguramente en el taller de su maestro Gilbert Stuart donde Goodridge conoció en 1819 al político Daniel Webster, el cual estaba siendo retratado en aquel momento por su mentor. Éste se convertirá en protector de la miniaturista y durante años ésta retratará a los hijos y nietos del senador y llegará a pintar alrededor de una docena de retratos de él. Asimismo comenzarán algo más que una amistad, que hará que tengan una fluida correspondencia durante años, de la que se conservan 44 de las cartas que él le escribió a ella. El tono de éstas habla de la evolución en la relación de ambos que pasarán de firmarse “Tuyo siempre” a “No puedo estar más sin verte”.

Sarah Goodridge: Daniel Webster, 1825.

Sarah Goodridge: Daniel Webster, 1825.

     En 1828 la mujer de Webster fallecía y Goodridge salía por primera vez de Boston y viajaba a Washington para visitar al político. De ese mismo año es la miniatura “Belleza revelada”. Con tres niños pequeños a su cargo y problemas económicos Webster se dispuso a buscar una esposa cuanto antes y en diciembre de 1829 contraía de nuevo matrimonio con una rica heredera llamada Caroline Le Roy. Esto no terminó con la relación de Goodridge y Webster que siguieron carteándose y cuya familia ella siguió retratando en deliciosas miniaturas.

     Hacia 1851 la vista de la miniaturista ya no era lo suficientemente aguda para poder seguir retratando con precisión en las pequeñas láminas de marfil, con lo que se retiró de la pintura. En las navidades de 1853 Sarah Goodridge fallecía de un infarto. Tan sólo un año antes había fallecido David Webster. Entre sus posesiones se encontró una pequeña caja de tafilete roja en cuyo interior podía contemplarse una maravillosa miniatura, algo único para la época. Un paño blanco, que palidece ante la maravillosa tersura y blancura del busto de una mujer, enmarca la diminuta composición. Se trataba de “Belleza revelada”, una obra conmovedora por su humanidad, cuya perfección estriba en mostrar la pequeña imperfección de un pecho algo más grande que el otro, y un lunar que “mancha” la inmaculada blancura del escote. Un retrato de una parte tan íntima que sólo alguien que hubiera contemplado descubierta la anatomia de la persona retratada podría reconocerla. Un recordatorio, tan sólo para los ojos de un amado, de la pasión y de los momentos robados de los que ambos habían gozado. Una prueba de un amor oculto pero que ha sobrevivido en el tiempo gracias a esta pequeña imagen secreta y a cuarenta y cuatro cartas de amor.