Dar luz a la oscuridad: el Alcázar de Madrid.

     Para los amantes del Arte y la Historia en la Edad Moderna, hablaros del Alcázar de Madrid es seguramente hablaros de un edificio singular que todos recordamos por ser una de sus salas el escenario de la pintura más famosa e icónica de nuestro Arte: Las Meninas de Diego Velázquez. Pero a su vez es uno de los edificios más desconocidos. Su imagen viene dada por las descripciones literarias, en muchos casos de embajadores o emisarios extranjeros, que no hacen sino dar una impresión parcial.

Diego Velázquez: Las Meninas. Museo Nacional del Prado, Madrid. Procedente de la colección de Felipe IV.

El Palacio está situado en un extremo de la villa, orientado hacia el mediodía, y es de piedra y ladrillo. Su fachada principal presenta un aspecto bastante regular, cosa que no sucede con el resto. Dentro, hay dos patios cuadrados. […] Se entra por unos hermosos pórticos que terminan al pie de la escalera, la cual es bastante ancha y conduce a varias habitaciones donde abundan preciosos cuadros, tapices admirables, estatuas excelentes, muebles magníficos; en una palabra, todo lo propio de un palacio real.

Pero hay en éste muchos aposentos oscuros que sólo reciben luz por la puerta, y los que tienen ventanas tampoco están muy claros, porque sus aberturas son mezquinas. dicen los españoles que hacen esto para evitar el sol, pues los calores son aquí extraordinarios; pero, acaso mejor, puede atribuirse tal costumbre a la escasez y subido precio del cristal. Hasta en Palacio, como en todas casas, hay muchas ventanas sin cristales, y esta carencia no aparece al exterior porque la encubren celosías. Cuando se quiere alabar una casa, para indicar que reúne toda clase de condiciones, aquí se dice: <<En fin, hasta tienen cristales>>.

Condesa D’Aulnoy. Viaje por España. Carta Décima. Madrid, 29 de mayo de 1679. (Publicado en francés en 1691)

     La proverbial oscuridad e incomodidad del vetusto Alcázar no es sino fruto de esas descripciones y de la imagen que proyectó su último morador: el monarca de origen francés Felipe V, primero de la nueva dinastía de los Borbones y educado en Versalles y en el boato de la corte de Luis XIV.

Jan Cornelisz Vermeyen, Le Chasteau de Madrid (Grabado), 1536. Metropolitan Museum de Nueva York.

     El Alcázar de Madrid había crecido en importancia entre los siglos XIV y XV debido entre otras causas a ser el lugar donde se custodiaba el tesoro real, junto con el Alcázar de Segovia. Pero sobre todo por la estancia cada vez más frecuente de reyes como Alfonso XI, Enrique III y sobre todo Enrique IV. Éste último realizó mejoras en El Pardo y además fundó en las inmediaciones de Madrid un monasterio jerónimo: Santa María de la Victoria del Paso, que los Reyes Católicos cambiarán de ubicación, en las inmediaciones del Prado, siendo a su vez el germen del futuro palacio del Buen Retiro (ver post aquí).

Antón van den Wyngaerde: Vista de Madrid, 1562, dibujo con aguadas sobre papel, 38,2 x 128,5 cm. Viena, Österreichische National-Bibliothek.

     Construido sobre un altozano que domina estratégicamente el valle del río Manzanares y la ciudad que se originó a sus pies. El Alcázar de Madrid tuvo un origen musulmán, pero son los reyes castellanos los que le dieron la apariencia palaciega que lo convertirán en lugar apto para trasladar la Corte a esta villa. Juan I reedificó las torres e hizo la capilla y la llamada “sala rica”. Ambos espacios se hicieron siguiendo el estilo mudéjar, tan de moda en ese momento, a base de yeserías, para cubrir las techumbres, y alfarjes de madera de par y nudillo. En la capilla destaca sobre todo su tamaño respecto al resto del edifico, pues ocupaba gran parte de la panda este del patio. Fue consagrada en 1434 por el Obispo de Caledonia y en su altar fueron colocadas varias reliquias. En ese momento el Alcázar madrileño tendría un aspecto similar al de Segovia, con un patio central que organizaba el espacio y las salas abriéndose a él. Enrique III acondicionó el interior para darle mayor comodidad y un aire más palaciego, añadiéndole una serie de torres. De todas ellas sobresalen en la fachada sur la torre del Homenaje y la torre del Bastimento, que van a tener una gran trascendencia en la configuración de espacios representativos posteriores.

Antón van den Wyngaerde: Vista del Palacio Real de Madrid, ca. 1567, Viena, Österreichische National-Bibliothek.

     En el año 1537 será el emperador Carlos V quien decida la reedificación y ampliación del edificio. El proyecto era ambicioso, pues además de adecuar la arquitectura al nuevo lenguaje renacentista, el Alcázar cambiaría de aspecto, perdiendo parte de su forma defensiva, y ampliándose en superficie. El autor del proyecto será el Maestro Mayor Alonso de Covarrubias y las continuará Luis de Vega.  El nuevo edificio se organizará en torno a dos patios: el del Rey y el de la Reina, que se articulan mediante un doble pórtico de arcos y columnas al más puro estilo renacentista. El Patio del Rey de forma rectangular no es otro que el antiguo patio del Alcázar medieval remozado, las salas que lo circundan son las antiguas salas de los Trastámara. El Patio de la Reina se hará de planta cuadrada. Entre los dos patios va a quedar la antigua Capilla, que también se transformará para construir en ella tribunas. Pero sin lugar a dudas la obra principal de este momento será la construcción de la doble escalera entre los dos patios a continuación de la capilla, realizadas entorno a 1540.

     La escalera es la conjunción de una doble escalera de tipo claustral, ya que había de dar servicio a los dos patios, creando una interesante tipología que Covarrubias va a repetir en otros edificios como son el Hospital Tavera en Toledo y el Palacio de Santa Cruz, antigua Cárcel del Corte y actual Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid. Lo más destacable del modelo es que la caja de escalera es abierta, por lo que se aprovechan al máximo las posibilidades escenográficas y perspectívicas del modelo claustral.

     En la fachada principal se creará el zaguán, con una entrada articulada en el nuevo lenguaje, entre las torres del Homenaje y del Bastimento. Utilizando el escudo imperial como elemento decorativo y la formulación de arco de triunfo romano como inspiración para su configuración, pudiéndose relacionar con el Arco de Santa María en Burgos o con el Arco de Alfonso de Aragón en el Castelnuovo de Nápoles.

     Trascendente será la intervención realizada por Felipe II en el edificio madrileño, (del gusto por la arquitectura del Rey Prudente ya hemos tratado antes, ver aquí) pero es en Madrid donde dejará un ejemplo de gran trascendencia posterior ya que configurará el modelo de arquitectura de la corte, que va a imperar durante todo el siglo XVII y gran parte del XVIII. Esta intervención será la construcción en el ángulo suroccidental del alcázar de una nueva torre: la Torre Dorada, donde se producirán una suerte de síntesis de los gustos e intereses del rey en la arquitectura europea, ya que se podían rastrear modelos italianos y de los Países Bajos. El encargado de materializar el proyecto del Rey Prudente será su arquitecto Juan Bautista de Toledo, el arquitecto que realizará su obra más importante: el Monasterio de El Escorial (ver post aquí) y que se había formado en Italia a las órdenes de Miguel Ángel en las obras de San Pedro del Vaticano. Posteriormente se hará una torre gemela en el ángulo suroriental, la Torre Nueva de la Reina, por Francisco de Mora.

     En el siglo XVII se encargará a Juan Gómez de Mora la obra que definitivamente cambia la apariencia del Alcázar, tomando como frente las torres del Homenaje y del Bastimento, se proyectará  hacer una nueva fachada que a su vez cree nuevas salas en la crujía sur del palacio. Gómez de Mora planteará abrir grandes balcones, a imitación de la Torre Dorada, y construir dos nuevos chapiteles sobre las torres del Bastimento y del Homenaje, que se harán nuevas siguiendo el modelo de la Torre Dorada. Será el noble italiano Giovanni Battista Crescenzi, convertido en Superintendente de las Obras Reales, quién cambie el proyecto de Gómez de Mora por un proyecto más cercano a los postulados clasicistas y que finalmente será el que veamos en las representaciones del Alcázar del siglo XVII. En él, las torres quedan enmascaradas tras una fachada de balcones regulares, con una nueva entrada y zaguán. Con esta nueva fachada se creaba sobre el zaguán un nuevo espacio: el Salón Grande, conocido también por Salón de los Espejos, que será el espacio más representativo de la monarquía hispánica. La intervención de Crescenzi tendrá su eco en las derivaciones que el propio Gómez de Mora dará del modelo palaciego en la Cárcel de Corte.

     La siguiente reforma importante es la que vinculamos con la figura del genial pintor sevillano Diego Velázquez. Convertido en superintendente especial de las obras del Ochavo, va a dirigir y planificar toda la transformación de la antigua torre del Homenaje en un espacio palaciego único: el Ochavo, antecediendo al Salón de los Espejos que recibe a su vez una nueva decoración. Destaca en esta reforma la venida a España de los fresquistas boloñeses Angelo Michele Colonna y Agostino Mitelli que decorarán las nuevas estancias surgidas de la reforma de Gómez de Mora y del Ochavo con las famosas quadraturas que iniciarán el género en la pintura madrileña (ver post aquí, aquí y aquí)

Mitelli y Colonna. Triunfo de Alejando Magno. Palacio Pitti. Florencia. Foto: © Ben Littauer

     Felipe V, el primer monarca de la nueva dinastía borbónica, tratará de dar un aire nuevo al palacio heredado de sus parientes los Habsburgos, valiendose de Teodoro Ardemans, pero el Alcázar no cumplía con sus expectativas y sus gustos, y lo que es más importante, con la imagen de la monarquía. El fortuito incendio de 1734 venía a resolver el problema de Felipe V, que ya podía proyectar un nuevo palacio sobre las ruinas del Alcázar, siendo metáfora a su vez de la nueva dinastía (ver post aquí). Con el incendio y la construcción sobre sus cimientos del Palacio Real Nuevo parecía que se borraba para siempre la huella y la historia del singular edificio. El redescubrimiento del mismo y la puesta en valor de su historia y su legado vino de otro hecho desastroso para la historia de la conservación de nuestro patrimonio: la construcción del paso subterráneo y parking de la Plaza de Oriente. Para poder alertar sobre el desastre que tales obras iban a suponer sobre los restos subyacentes de los edificios anejos al Alcázar, como las Casas del Tesoro o el Pasadizo a la Encarnación, se realizó una fantástica exposición en 1994 acompañada de una publicación con todos los estudios relacionados con el edificio. De poco sirvió todo el trabajo recopilado, pues los restos hallados cayeron bajo la piqueta y parte del material encontrado andará cogiendo polvo el algún almacén municipal. Sirva este post de homenaje a todos aquellos que con su labor de investigación dieron luz a la oscuridad y permitieron al Alcázar de Madrid salir de las sombras del desconocimiento, esperando que estas agresiones al patrimonio no se vuelvan a repetir.

Hyacinthe Rigaud: Felipe V, rey de España.